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martes, 17 de junio de 2014

Recordando a Rafael Orozco, el ídolo, el hombre, el amigo - Incluye videos



Al cumplirse 22  años de la muerte del cantante vallenato, revivimos esta crónica publicada en 2012 en la Revista Latitud, de El Heraldo. Su viuda, Clara Helena Cabello y algunos de sus amigos evocan los rasgos más humanos del artista nacido en Becerril, Cesar en 1954.

Texto y fotos: Juan Carlos Rueda Gómez

Me llena de vida saber que nadie olvida 
a Rafael. Clara Helena de Orozco 

Clara Helena Cabello y Rafael Orozco estaban destinados a unir sus vidas. Cuando se conocieron, ya Rafael y Betty Cabello, hermanos de Clara, estaban casados con  Genith y  Nemías Orozco, hermanos de  Rafael. “Pero los menores de la familia no nos habíamos relacionado, dice Clara Helena.
En una ocasión nos reunimos las dos familias en mi pueblo, Urumita, Guajira, y de inmediato se produjo el flechazo entre Rafael y yo. Posteriormente yo me vine a estudiar a Barranquilla y vivía en casa de mi hermano Rafael Cabello, a donde también llegó Rafa a vivir. Ahí se fue fortaleciendo el noviazgo hasta que a mi hermano le salió un traslado al extranjero y entonces tomamos la decisión de casarnos para seguir viviendo en la misma casa”. 
Todos los seguidores de Rafael supieron quién era su novia cuando grabó La creciente, la canción de Hernando Marín que se constituyó en el primer éxito del naciente Binomio de Oro en 1976. Pero fue “Chiche” Ovalle quien hizo público su nombre  al incorporarlo a la 
letra original luego de que Rafael canta la primera estrofa:
Un grande nubarrón se alza en el cielo
ya se aproxima una fuerte tormenta
y ahí llega la mujer que yo más quiero
por la que me desespero
y hasta pierdo la cabeza..
¡Clara!

Clara hace énfasis en que Rafael no cambió su comportamiento después de casados sino que siguió siendo el novio tierno y detallista, dedicado a hacerla feliz. “De cada lugar a donde viajaba me traía un detalle: una flor, una esquela, una frase de amor. Yo creo que si en ese entonces hubieran existido los celulares me hubiera escrito mil mensajes cada día”, evoca mientras una lágrima suave, no de tristeza sino de alegría por los buenos recuerdos, comienza a deslizarse por su mejilla derecha.

De cada lugar a donde viajaba me traía un detalle: 
una flor, una esquela, una frase de amor. Clara Helena Cabello.

A pesar de su fragilidad interior, Clara Helena hace el esfuerzo de cubrirse con una gruesa coraza de fortaleza para sobrellevar la vida sin su único y eterno amor. Se ha mantenido fiel a su memoria. Ni siquiera ha intentado otra relación porque su vida quedó repleta con el espíritu de Rafael y cada minuto de cada hora se renueva ese vínculo filial, nutriéndolo con el repaso de cada página de ese libro lleno de dieciséis años de vivencias, especialmente, por los tres frutos de su unión: Kelly Johana, Wendy Jolanny y Lorraine.

Una de las experiencias más gratas para Clara hHelena, luego de la muerte de Rafael es encontrar personas que le testimonian su amor al cantante. 
“Es maravilloso cuando me dicen que lo siguen recordando, que él permanece vivo en sus corazones, dice con voz suave pero emotiva. Parejas de esposos que me cuentan que al casarse no bailaron el vals tradicional sino Solo para ti o Momentos de amor. Otros que son de apellido Orozco me dicen que han bautizado a sus hijos con el nombre de Rafael. Otra vivencia que me llena mucho es encontrar en el cementerio a familias que han venido de lejos para darle a conocer a sus hijos quién fue mi esposo. Son seguidores que le transmiten a sus hijos el afecto que sienten por el cantante que les marcó la vida de una manera feliz a través de sus interpretaciones. En lo más profundo de mí siento que eso es fruto de su gran profesionalismo, de su entrega total a sus seguidores, por quienes sentía un gran respeto. Nunca menospreció a nadie ni se negó a tomarse una foto o firmar un autógrafo. Él decía que se debía a su público, que era el que pagaba por su trabajo y por ello se consagraba a brindarles lo mejor. Por eso sus seguidores se mantienen fieles y me dicen que Rafael es irremplazable”.


Ernesto mcCausland entrevista 
a Clara Helena Cabello de Orozco 

Rafa hasta se endeudaba para ayudar a sus amigos: “Chiche” Ovalle. 

Esteban “Chiche” Ovalle es quizá el mejor amigo que tuvo Rafael Orozco. Fue su corista, su manager y además, le entregó varias canciones que fueron exitosas en la voz del desaparecido cantante. Fue aquella tarde, Sé que te falté, Por eso estoy aquí, Solo por tu amor y Nuestros amores, son algunos de esos temas. 
Esteban "Chiche" Ovalle, derecha, excepcional amigo
de Rafael Orozco, en su nueva vida con su ministerio musical vallenato.

Un año antes de la muerte de Orozco, Ovalle se retiró del Binomio de Oro y se convirtió al cristianismo. Conformó el grupo Los Hijos del Rey, con el cual ha logrado recorrer más de veinte países llevando el mensaje cristiano en ritmo vallenato. Actualmente es pastor y sigue predicando en compañía de su esposa Elizabeth Daza y del acordeonista Wilber Mendoza. Desde Bogotá, donde se encuentra promocionando su nuevo disco, evocó su amistad con Rafael:
“Nos conocimos en 1973. Me habían expulsado injustamente del Colegio Nacional Roque de Alba de Villanueva y me fui a estudiar al Colegio Loperena de Valledupar y, aunque no estábamos en el mismo curso, la música nos unió porque armamos un conjunto con el acordeonista Luciano Poveda y otros compañeros, recuerda Ovalle, quien fue el amigo más cercano que tuvo Rafael Orozco dentro y fuera de la música. 
Paradójicamente, Antonio Serrano Zúñiga, el compositor que para entonces era rector del Roque de Alba y me expulsó, me dio una recomendación para que me aceptaran en el Loperena. No sabía que eso me llevaría a conocer al mejor amigo de mi vida.
Por esos tiempos mi hermana Elizabeth Ovalle estudiaba interna en la Normal de Señoritas de Manaure, Cesar y yo era su acudiente. Allí también estaba Gloria Heroína una urumitera, novia de Israel Romero, con quien yo cantaba en parrandas y casetas y él ’se me pegaba’ cuando yo viajaba a visitar a mi hermana con el fin de poder verse con Gloria. A veces era Israel quien pagaba los pasajes de los dos con tal de entrar al internado conmigo y poder conversar un rato con su enamorada.
En uno de esos viajes encontramos la sorpresa de que Rafael Orozco y Emilio Oviedo, que eran la sensación del momento con la canción Cariñito de mi vida, iban a tocar un baile en el aula máxima del colegio. 
Diomedes Díaz se dio a conocer como autor con Cariñito de mi vida,
que sirvió como catapulta para la carrera de Rafael Orozco en 1975.
Fue Rafael quien lo bautizó como "El Cacique de La Junta", cuando 
grabó su primer disco con Emilio Oviedo.
Como no teníamos con qué pagar la boleta, le dije a Israel: Yo soy amigo de Rafa; esperemos a que llegue el bus y nos metemos con él sin pagar. Así fue. Lo esperamos a la entrada y cuando me vio nos dimos un gran abrazo. Fue cuando los presenté.
Primer disco de Rafael e Israel, El Binomio de Oro
A partir de ahí nació una gran amistad entre ellos. Rafael nos dijo: agarren un instrumento cada uno para que crean que son músicos y echen pa’ dentro. Israel agarró una tumbadora, yo cogí un acordeón y entramos.
En esa época había que tocar seis tandas en una noche, no como ahora que los conjuntos tocan una sola. Como a la una de la mañana le pedimos un chanche a Emilio y él, gustoso, le prestó los acordeones a Israel y tocamos cinco canciones. Era lo más grande que nos había pasado hasta entonces. Alternar con un conjunto que estaba tan pegado era un gran honor.
Un poco después grabamos el primer disco de Israel con Daniel Celedón y yo hice la segunda voz con Juan Piña. A raíz de eso, Jorge Oñate se fijó en mí y me llevó a su conjunto. Dos años más tarde se unieron Israel y Rafael. Yo estuve dos años con Jorge pero grababa los coros del Binomio de Oro y en la tercera producción, Rafael me pidió que me uniera al grupo y hasta me dio alojamiento y comida durante un buen tiempo en su casa de Barranquilla, donde ya vivía con su esposa Clara Helena”. 
Esteban recuerda muchos episodios y anécdotas que hablan de la generosidad de Rafael y su sagrado respeto a la amistad pero hay uno que lo marcó especialmente:
“Una tarde llegó un compadre suyo y amigo de la infancia, que se encontraba en una situación económica muy difícil y necesitaba treinta mil pesos para hacerle un tratamiento médico a la mamá. Rafa me preguntó si yo había recibido algún dinero de anticipo por contratos y al decirle que no, me pidió que hiciera un cheque posfechado y fuera a donde un amigo de él que tenía una bomba de gasolina a cambiarlo para darle la plata a su compadre. Ese era Rafael: era capaz de endeudarse para socorrer a sus amigos y hasta a personas desconocidas que siempre se le acercaban a pedirle ayuda o recomendaciones”.
El amigo más bromista y el artista más serio 
que he conocido. - Rosendo Romero
Rosendo Romero, cantautor villanuevero
Rosendo Romero Ospino, El poeta de Villanueva, guarda muchos recuerdos de Rafael Orozco, pero hay uno en especial que lo marco de por vida: Orozco e Israel Romero, hermano de Rosendo, no incluyeron ninguna obra suya en la primera producción de El Binomio de oro. Así evoca el compositor aquellos años:

“A Rafael Orozco lo vi por primera vez en 1975, en la Caseta Central, de Pedro Millán, en Villanueva, Guajira. Lo acompañaba en el acordeón “El Comandante” Emilio Oviedo. Cuando me asomé por el portón, porque no tenía plata para entrar, alcancé a ver a un pelao flaco, de fino bigote, y cabello alborotado, cantando El trovador ambulante, paseo de Pedro García. Me gustó como lo entonaba, y el sabor vallenato que le daba. Me pareció normal, pues en esa época había un buen grupo de muchachos cantando vallenato. 

Jorge Oñate con su voz tronante y melodiosa, nos hizo olvidar al español Nino Bravo que era el ídolo de todos nosotros. Recuerdo que en esos años los pelaos que andábamos cantando por ahí de pueblo en pueblo éramos: “El Cachaco” Jiménez, con un chorro de voz, que traspasaba patios; Gustavo Bula, que cantaba las canciones en tono alto de Poncho Zuleta; William “El palomo” Dangond, padre de Silvestre, que con su elegancia y carisma de hombre fino, rubio y cabellón,  se ganaba el público; “Monche” Daza “El cafetalero”; Poncho Cotes Jr; Esteban “Chiche” Ovalle y, por supuesto, Diomedes Díaz y este humilde servidor.

Después tuve la oportunidad de compartir con Rafa en la casa de Clara Helena Cabello, en Urumita, Guajira. Fuimos allí porque Antonio Serrano Zúñiga le iba a dar una canción al Binomio de Oro. Israel me convidó para que yo también le diera una canción y fuimos acompañados por Beto Barros. Ese día Rafa cantó La creciente y El eterno enamorado, a manera de ensayo, pues no las habían grabado todavía. A cada momento decía: “Solo nos falta una canción y me miraba a mí, y agregaba” pero hay alguien que está en duda, ese de pronto no va” y se echaba a reír, como queriendo decir: “Así seas hermano de Israel, si no me gusta la canción no la vamos a grabar. Para sacarme la puyita le dije a mi hermano: “Irra, tócame una introducción en el teclado del medio del acordeón cinco letras para cantar una canción mía. Y canté Noche sin luceros. Rafa se volvió loco con el tema, y me dijo: ¡esa es!..danos esa. Entonces le dije: te fregaste porque ya está grabada por Jorge Oñate y con contrato firmado. Sus risas burlonas cambiaron enseguida por un gesto de decepción e impotencia.

Una vez en Barquisimeto, Venezuela, ocurrió un suceso que para mí es inolvidable. El bromista mayor estaba sentado con todos nosotros en la mesa de los artistas; por el calor se había quitado la chaqueta del uniforme, lo cual no era su costumbre. Cuando Pepe Jiménez los anunció, Rafa estaba mamándole gallo a Virgilio Barrera, el guacharaquero. Entonces suspendió la broma en seco. Se puso la chaqueta y se encaminó con paso firme a la tarima llevando por delante a todos sus músicos. Yo quedé sorprendido por la transformación que sufrió en ese momento. Se convirtió en otra persona, en lo que realmente era: un artista, un gran profesional.  El mamagallista quedó abajo y el artista subió a la tarima, con esa actitud regia de showman,  que sabía que, además del talento, tenía una pinta gardeliana que ponía a soñar las mujeres; bonitas, feas, jóvenes y viejas. Empezó a cantar y a moverse con ese estilo impecable y elegante a la vez. Ese día fue que descubrí a la estrella que brillaba con luz propia; no estaba viendo al amigo, al hermano, sino a la estrella. Las mujeres gritaban histéricas y Rafa parecía un astro inalcanzable, tal vez por eso la gente lo catalogaba de creído.

Terminado el show, el astro bajó del escenario y en medio de forcejeos, pellizcos, empujones, besos y fotos con las mujeres, pudimos regresar al bus. Cuando tuve tiempo le pregunte: “Rafa, ¿por qué tú, al ponerte la chaqueta y subir a la tarima te transformas de esa manera? Pensé que se iba a reír, pero no. Tenía una botella de agua en la mano, bebió un sorbo y me dijo: lo que pasa “Eusendito”, así me llamaba por cariño, es que esto es una profesión igual que la del médico, el militar, o el cura; cuando ellos se ponen su uniforme, ejercen su oficio tal como les corresponde, con toda la seriedad. Ahora acuérdate de que la gente paga y viene a ver es al artista y su show, y yo les doy lo que ellos quieren ver. La respuesta fue más sorprendente aun. Solo alcance a sonreír y a asentir con la cabeza. Después que lo pensé un poco, le dije: Rafa, es la primera vez que oigo ese concepto en el vallenato”. 

De Nueva York a Chibolo, Magdalena, 

con las mismas ganas. _José Vásquez
José Vásquez, "Kevaz" , bajista y compositor
José Vásquez es quizá el mejor bajista en toda la historia del vallenato y además de tocar ese instrumento con el Binomio de oro, también compuso para el grupo grandes éxitos como Te seguiré queriendo, Esa, De nuevo en tu ventana, Colombia y Canción para mi madre
“Nos conocimos en plena adolescencia cuando yo iba a tocar a Becerril, pueblo natal de Rafael, recuerda Vásquez, a quién Orozco le acuño el mote de “Quevas”. Yo soy de Chiriguaná, que queda cerca y estaba enamorado de Blanca, una hermana de él y para que a ella la dejaran ir a las casetas conmigo, tenía que llevarlo como chaperón. De esa manera nos hicimos muy amigos y después la vida nos unió musicalmente, aunque en esos tiempos él ni soñaba con ser cantante pero sí tocaba guacharaca y hacía coros.
Una de las anécdotas que más recuerdo de mi paso por el Binomio de oro, que además me sirvió para valorar el profesionalismo de Rafael y de todos los integrantes del grupo, es de cuando fuimos a Nueva York por primera vez, en 1987, a una presentación en el Madison Square Garden, donde actuamos al lado de la Fania All Star, Los Corraleros de Majagual, Alfredo Gutiérrez El Gran Combo de Puerto Rico, entre otros. Al día siguiente volamos a Bogotá y enseguida conectamos a Barranquilla, donde nos esperaba un bus para seguir a Chibolo, Magdalena. De las luces espectaculares y la gran tecnología de Nueva York y el Madison pasamos a un pueblo humilde pero festivo, con una caseta modesta, que parecía iluminada por los “calabacitos alumbradores” de Calixto Ochoa, recuerda Vásquez en medio de carcajadas luego de terminar una grabación en los estudios de Sayco. 
Fue un contraste muy grande pero lo más impresionante era la actitud de Rafael, quien nos dijo en el bus: Muchachos, hoy nos vamos a desquitar en Chibolo porque anoche en Nueva York no pudimos tocar sino cinco cancioncitas y yo estoy que me canto, así que vamos a sobrarnos porque esta gente trabaja muy duro para pagar una entrada a la caseta y por eso se merece lo mejor”.



viernes, 13 de junio de 2014

A 22 años de su muerte - La historia secreta de Rafael Orozco

La historia que no contaron en la telenovela, sobre los comienzos del ídolo vallenato Rafael Orozco con Emilio Oviedo. 
Fotografía histórica de Rafael Orozco y Emilio Oviedo en 1974, durante su primer viaje a Bogotá, apadrinados por el compositor y productor Antonio Del Villar, cuarto de izquierda a derecha, quien gestionaba la primera grabación del conjunto. Aparecen con ellos, Augusto Guerra "Guerrita", cajero; Juan López, “Maduro” y el corista Daniel Parodi. La foto se tomó en el CPB, Círculo de Periodistas de Bogotá, en cuyo club, ellos actuaban cada noche a cambio de una comida para cada uno.
“Era tanta el hambre, que Rafael, 
los otros músicos y yo, nos comimos 
una papa cocida que encontramos 
en una caneca de basura” 
Emilio Oviedo
Por Juan Carlos Rueda Gómez – Especial para EL HERALDO

“Me quedé con la frustración 
de ser su primer productor 
pero con la satisfacción de ser 
quién primero creyó en ellos 
y les gestionó una grabación.” 
Antonio del Villar.
“¿Con ese flacuchento es que vamos a tumbar a Oñate y a los Zuleta?”
El compositor momposino Antonio del Villar no podía creer lo que el arrogante ejecutivo de Codiscos le estaba diciendo. Acababa de presentarle a un joven cantante de veinte años, que, acompañado de acordeón, caja, guacharaca y un corista, habían cantado tres canciones. Uno de los temas interpretados con voz diáfana y brillante era Cariñito de mi vida, de la autoría de un desconocido llamado Diomedes Díaz.
Era nadie menos que Rafael José Orozco Maestre, un melenudo soñador que se había dejado contagiar por el espíritu aventurero del acordeonista Emilio Oviedo Corrales y con sus maletas llenas de ilusiones habían llegado a la fría capital buscando una oportunidad para grabar. Les acompañaban el cajero Augusto Guerra, “Guerrita”; el guacharaquero Juan López, “Maduro” y el corista Daniel Parodi. 
Le “habían caído sin avisar” al apartamento de Antonio, buscando posada porque no tenían con qué pagar el hospedaje en ningún hotel y les tocó dormir en el gélido suelo bogotano, apenas protegidos por unas cobijas de lana que Del Villar les facilitó. Corría el mes de julio de 1974. 
“Tocamos durante ocho
 noches en el Círculo de 
Periodistas de Bogotá, 
solo por una cena diaria 
para cada músico”
 Emilio Oviedo.
Se habían conocido en abril de ese año en pleno Festival Vallenato cuando el compositor Alonso Fernández Oñate, entonces Secretario de Gobierno del departamento del Cesar, llevó a Antonio a casa de Oviedo en el barrio Sicarare de Valledupar para que evaluara a Emilio y Rafael, a quienes Fernández consideraba lo suficientemente buenos como para grabarles una producción.
“Quedé impresionado con la brillantez de su voz, dice Del Villar, ahora dedicado a su ministerio musical evangélico Mi amado Jesús, en Bogotá,  lo visioné como una alternativa seria frente las voces que dominaban el mercado de la música vallenata. No tenía el vozarrón de Jorge Oñate ni el timbre de Poncho Zuleta pero había algo en él que encantaba, además de que estaba muy acoplado con el acordeón de Oviedo, quien para entonces ya era un veterano. 
Yo había llegado a Valledupar enviado por Codiscos a negociar canciones inéditas de compositores vallenatos y guajiros para Prodemus, la editora de la compañía. No fui a buscar cantantes ni acordeonistas pero ante la insistencia de Alonso Fernández, acepté hacerles una audición. Allí le di a Emilio la dirección de mi apartamento en Bogotá y les prometí que gestionaría una grabación con la empresa disquera”.
Desde San Andrés Islas, donde se encuentra de vacaciones con su esposa Laudith celebrando sus sesenta y nueve años de nacido, cumplidos el 30 de mayo, Emilio Oviedo corrobora la historia de Del Villar.
“Antonio nos felicitó y nos prometió ayudarnos a conseguir una grabación. Me dio su dirección de Bogotá y se puso a la orden para lo que necesitáramos. En el mes de julio de ese año, se nos presentó la oportunidad de viajar a Honda, Tolima, invitado por dos amigos, primos entre sí y homónimos, Armando Pimienta Córdoba y Armando Pimienta Cotes, para tocar en el cumpleaños de la novia de uno de ellos. Nos fuimos en avión hasta Bogotá y de ahí por tierra hacia Honda.
Recuerdo que paramos para almorzar en Guaduas y mientras lo hacíamos, me robaron de la camioneta en que íbamos el acordeón que me habían prestado en la Casa de la Cultura de Valledupar. Todos estábamos indignados menos Rafael, que siempre se burlaba de esas situaciones y empezó a mamarme gallo. Mi reacción fue darle cocotazos y amenazarlo con que lo iba a echar del conjunto y lo iba a devolver en un camión. De la risa pasó al llanto pidiendo perdón pero lo volví a cocotear y lo seguí regañando diciéndole que me respetara, que yo era once años mayor que él.
En verdad yo no pensaba dejarlo tirado, continúa recordando Emilio, solo quería darle una lección, así que seguí regañándolo. Decidimos continuar el viaje con la esperanza de conseguir un acordeón prestado en Honda, cosa poco probable porque en esa época no había conjuntos vallenatos en el interior del país. Pero contamos con suerte y hallamos uno. Empezamos a tocar pero yo era el único que cantaba. 
Rafael me miraba con ojos llorosos suplicando que le diera un chance pero yo no daba mi brazo a torcer. Hasta que cedí a sus ruegos y empecé a tocar Cariñito de mi vida. Esa fue la manera de hacerle saber que estaba perdonada su falta porque él era el único que se sabía la canción, que un año atrás le había dado Diomedes Díaz para que participara en un festival que se realizó en el Colegio Nacional Loperena en el que salió ganador.
Cuando regresábamos a Bogotá me acordé de la promesa de Antonio del Villar y le caímos a su apartamento para que nos alojara mientras gestionábamos alguna grabación. Como era un lugar tan pequeño, nos tocó acomodarnos en la sala, durmiendo en el suelo pero cuando uno tiene fe en lo que hace, esas cosas no le importan. Por el contrario, lo motivan más para seguir buscando las metas.
Recuerdo que Antonio salió temprano al día siguiente y regresó con varias libras de mondongo, yuca, plátano y verduras y entre todos nos pusimos a preparar el almuerzo.
El mondongo se encogió.  ”Pusimos todos los ingredientes en una olla de presión y nos dispusimos a esperar, cuenta Del Villar. Mientras tanto le hicimos un repaso a las canciones que le presentaríamos a las dos de la tarde al ejecutivo de Codiscos. 
Cuando la olla pitó y la destapé, Oviedo quedó perplejo al ver la sopa y solo atinó a decir. Toño…el mondongo se encogió…esa vaina no va a alcanzar para todos…no se ven las presas…tocará apretar con bastante arroz. Así lo hicimos, y justo cuando terminábamos llegó nuestro flamante invitado, quien de entrada puso mala cara al ver el aspecto de Rafael, que tenía el cabello bastante largo y embadurnado de brillantina. Usaba una camisa de colorines y un pantalón bota ancha sostenido por una correa de hebilla metálica muy grande.
A diferencia de Oviedo y los demás miembros del conjunto, Orozco se veía, no solo desaliñado sino estrafalario, además de que se dejaba el bigote y una barbita de chivo que no le favorecían nada.
El conjunto se ubicó en el patio y allí empezaron a tocar. Cuando terminaron la tercera canción, Cariñito de mi vida, el disquero paisa me tomó del brazo y me llevó hacia adentro del apartamento. Una vez allí, me dijo
__Hombre, Toño…¿vos qué pensás de la vida…vos sos sordo o qué, gran pendejo…con ese langaruto flacuchento, que parece un espantapájaros es que vamos a tumbar a Jorge Oñate y a los Hermanos Zuleta? 
Y con las mismas se fue sin siquiera despedirse de los artistas en quienes había puesto todas mis esperanzas como productor. A raíz de eso, llamé al doctor Álvaro Arango, gerente general de Codiscos y le hablé de las cualidades Oviedo y Orozco, expresándole mi malestar por el trato desobligante que me había dado su ejecutivo de Bogotá. 
Como no obtuve respuesta y mucho menos algún respaldo, envié una carta de protesta y me desvinculé de la empresa. A los pocos días me fui a Cuba a una gira con Arnulfo Briceño, Eliana y otros artistas de la llamada música protesta,  pero antes hice contacto con Santander Díaz, el compositor costeño y entonces productor de la disquera CBS, que estaba cosechando grandes éxitos con Claudia de Colombia pero, aunque expresó muy buenas opiniones sobre Rafael y Emilio, nos dijo que en esos momentos no necesitaban más artistas vallenatos ya que estaban dominando el mercado con Jorge Oñate y los Hermanos López y los Hermanos Zuleta. 
Al regresar a Colombia unos meses después, me encuentro con la sorpresa de que los vallenatos de moda eran Rafael Orozco y Emilio Oviedo. Y me quedé con la frustración de ser su primer productor pero con la satisfacción de ser quién primero creyó en ellos y les gestionó una grabación.”
Carátula del primer long play de 
Orozco y Oviedo, grabado en 1975
La papa más sabrosa que me he comido la saqué de la basura. “En medio de la frustración, y apenado con nosotros, Antonio del Villar nos llevó al CPB, Círculo de Periodistas de Bogotá y nos presentó con su presidente, Félix Marín Mejía, gran amigo de él, recuerda Oviedo. Le dijo que nos dejara tocar por un precio bajo pero no tenían presupuesto y lo único que conseguimos fue que nos dieran una cena para cada uno a cambio de una tanda de canciones.
Así estuvimos durante una semana, sobreviviendo con una sola comida diaria. Uno de esos días íbamos por una calle del centro, como a las dos de la tarde y de pronto vi en una caneca de basura una papa cocida grandísima, como nunca la había visto. Me pareció increíble que la hubieran botado. La saqué con mucho cuidado, la limpié y la olí. Comprobé que estaba bien y la devoramos entre Rafa, Guerrita, López, Parodi y yo. 
Nunca más he comido una papa tan sabrosa. Es que el hambre es cosa seria, mi hermano”
¡Toquen, toquen…pa’ que salgan en la televisión! Al día siguiente íbamos con Antonio a ver si conseguíamos un contrato en la taberna de un amigo suyo cuando de pronto nos vimos en medio de un desfile de reinas y actores de la televisión y él nos dijo: eso es por la inauguración de la Feria Internacional, lo están transmitiendo…vean las cámaras…toquen, toquen pa’ que los enfoquen. 
Enseguida sacamos los instrumentos y nos pusimos a tocar en plena calle y así fue como salimos por primera vez en la televisión sin siquiera estar buscándolo. Solo aguantamos ocho días en Bogotá y nos regresamos a Valledupar. A los pocos días apareció en mi casa el doctor Álvaro Arango, a quien “El Turco” Gil le había dado mi dirección. Allí arreglamos la grabación del primer disco por cuatro mil quinientos pesos para Rafa y para mí, es decir, $2.250 para cada uno. 
De allí salió el exitazo Cariñito de mi vida. Fue tan grande el suceso que, sin pedirlo nosotros, nos hicieron un contrato con sueldo mensual de diez mil pesos. En ese mismo viaje a Medellín le hice la primera producción, con mi conjunto, a Diomedes Díaz a quien recomendé para grabar con Nafer Durán, rey vallenato de ese año que ya estaba firmado por Codiscos pero no tenía cantante. Lo demás es historia patria”, concluye Oviedo.