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lunes, 29 de septiembre de 2014

Aniversario 68 de Héctor Lavoe - Incluye videos documentales

Este 30 de septiembre se cumplen 68 años del nacimiento en Ponce, Puerto Rico, del “Cantante de los cantantes”, el más emblemático salsero de todos los tiempos, que se destacó por sus grandes dotes artísticas a la vez que vivió un triste calvario por su adicción a las drogas y su tendencia a vivir en un mundo sórdido, del cual solo pudo salir en un ataúd. 
Pero al llamado “Coquí de Puerto Rico” hay que recordarlo sobre todo por lo que hizo en los escenarios y estudios de grabación. Aquí les presentamos su biografía escrita y un documental dividido en siete partes con los testimonios de las grandes figuras de la salsa y sus más cercanos familiares.
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Así lucía Héctor Lavoe en sus comienzos
Héctor Juan Pérez Martínez nació en Ponce, 30 de septiembre de 1946  y falleció en Nueva York, 29 de junio de 1993, más conocido como Héctor Lavoe, fue un cantante de salsa puertorriqueño, cuya personalidad, estilo y cualidades de su voz lo llevaron a una exitosa carrera artística en el ámbito musical de la música latina y salsera durante los años setenta y ochenta.
La limpieza y brillo de su voz aunada a una dicción impecable y la cualidad para cantar fraseos extensos y rápidos con total naturalidad, lo hicieron uno de los cantantes favoritos del público latino.
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LOS GRANDES ÉXITOS DE HÉCTOR LAVOE 
SE DIFRUTAN SIEMPRE EN LA TROJA. 
Principal: Calle 74 con Carrera 44, 
 LA TROJA DE LA 8, Carrera 8 con Calle 44 
y LA TROJA VIP, Calle 79 No. 43B - 38
Barranquilla, Colombia
Héctor Juan Pérez Martínez (uno de ocho hijos), nació en el seno de una familia humilde en Ponce (Puerto Rico). Era hijo de Francisca Martínez (Panchita) y de Luis Pérez (Lucho). A los tres años de edad perdió a su madre, lo cual sería el primero de muchos golpes en la vida del cantante. Su padre, quien tocaba la guitarra con tríos y orquestas locales dio instrucción musical a su hijo, y lo matriculó en la Escuela de Música Juan Morel Campos; tenía el sueño de ver a Héctor convertido en un gran saxofonista. Aunque Lavoe aprendió los fundamentos de música, pronto perdió interés en el instrumento. Sentía que lo suyo era cantar.
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Héctor Lavoe, en la carátula de 
“El malo, Vol. II", con Willie Colón
Cuando era joven, Héctor pasó gran parte de su tiempo escuchando música jíbara y popular. Sus cantantes favoritos eran Chuito El de Bayamón, Odilio González, Roberto Faz y Daniel Santos, cuyas voces y estilos imitó. Otros cantantes que influyeron enormemente en Héctor fueron: Cheo Feliciano, Ismael Rivera, y la clara voz de Ismael Quintana.
A la edad de 14 años, era el cantante en una banda en Puerto Rico. Le pagaban dieciocho dólares por noche, lo que en 1960 era un buen sueldo para un joven.
Héctor soñaba con cantar en Nueva York y hacer fama y fortuna. Su padre estaba totalmente en contra de la idea, porque el hermano mayor de Héctor había emigrado hacia allá y murió en un accidente. Contra los deseos de su padre, Héctor llegó a Nueva York el 3 de mayo de 1963 a la edad de 16 años. Se mudó con su hermana mayor Priscilla. Su primera impresión de la ciudad, la cual consideraba como un lugar espléndido en la Tierra, fue decepcionante, al ver en la parte latina los edificios descuidados y las calles llenas de basura.
Sus primeros trabajos después de su llegada fueron como pintor, maletero, mensajero y conserje. Su amigo de la infancia, Roberto García, que vivía en Nueva York, lo invitó a asistir a un ensayo de un sexteto que se estaba formando. El vocalista cantaba «Tus ojos» y no estaba haciendo un buen trabajo, así que Héctor le sugirió que lo intentara de otra manera. Héctor cantó la melodía para que el cantante pudiera hacer los ajustes necesarios y la banda lo asimiló inmediatamente como su cantante principal.5
Más tarde se conectó con Russell Cohen, director de la New Yorker Band con la cual en 1965 grabó su primer sencillo de 45 rpm: «Está de bala». 
PRIMERA GRABACIÓN DE HÉCTOR LAVOE EN 1965 
CON "LA NEW YORKER BAND" DE RUSSELL COHEN
Comenzó a tocar con bandas como la de Francisco Bastar Kako y sus All Stars, a través del cual conoció a su padrino artístico Johnny Pacheco, que inmediatamente reconoció su talento artístico y, poco después se lo recomienda a Willie Colón para la grabación de su primer disco El malo (1967).
Etapa como cantante de la orquesta de Willie Colón (1967-1974)
Entre 1967 y 1973, Lavoe se convirtió en el cantante de la Orquesta de Willie Colón, con quien grabó un total de nueve discos.
Willie Colón era un músico joven que estaba tocando jazz latino y boogaloo. En 1967 tenía listo su primer álbum para Fania Records y a Johnny Pacheco no le gustó el cantante de esa orquesta y propuso a Héctor Lavoe para que lo sustituyera. Para aquel entonces Colón era considerado un joven músico de propuestas interesantes pero con mal sonido. Pacheco ya estaba al tanto de la voz de Héctor, su enunciación impecable y sus habilidades estilísticas.
En un principio Lavoe no estaba interesado en grabar con Colón, ya que consideraba que esa agrupación tenía muchas fallas y alimentaba la esperanza de ser llamado por alguna de las orquestas más importantes del momento. Considerando que su pasantía por esa orquesta sería corta, se negó a participar en las portadas de los dos primeros álbumes.
En el verano de 1967 salió al mercado su primer trabajo discográfico llamado El malo y en 1968 se edita The Hustler el segundo álbum de Lavoe. Para aquel entonces, Lavoe es el vínculo de la orquesta de Colón con lo caribeño y poseía una voz melodiosa de tenor pero áspera y con timbre nasal. Lavoe no cantaba en inglés por lo que Willie Colón decidió aprovechar el potencial que brindaba el cantante para decantarse definitivamente hacia la música latina afroantillana.
Al año siguiente (1968) se edita Guisando, el primer disco donde Lavoe comparte créditos con Colón y aparece en la portada. Guisando es el primer disco de salsa de la pareja donde los ritmos se acercan a la guaracha, el son, la guajira y el guaguancó con fusiones atrevidas e ingeniosas proponiendo un estilo agresivo e irreverente de hacer música. Destacan los temas «Guisando», «No me den candela» y «Te están buscando», con letras que abordan con humor historias de carteristas o ladrones que son perseguidos por la policía y temas universales como la envidia, la maldad, el chisme y la santería donde se siente los anhelos de felicidad de la diáspora boricua discriminada en la ciudad de New York.
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LA MEJOR SALSA DEL MUNDO
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Durante 1968 Lavoe inició una relación sentimental con Carmen Castro. Castro quedó embarazada, pero se negó a casarse con él porque lo consideraba un mujeriego. El primer hijo de Lavoe, José Alberto Pérez nació el 30 de octubre de 1968. Cuando José fue bautizado, Héctor recibió una llamada informándole de que Nilda Puchi Román (con quien también tuvo una relación) estaba embarazada. El segundo hijo de Héctor, Héctor Jr. nació el 25 de septiembre de 1969. Después de esto, la pareja se casó, y tras una petición de su esposa, Lavoe hubo de mantenerse alejado de su primer hijo y la madre de este.
La hegemonía de Willie Colón y Héctor Lavoe se consolidó a fines de 1969 con el lanzamiento de Cosa Nuestra cuyo título hace referencia a la expresión italiana «Cosa nostra» y sus implicaciones en el mundo de la mafia.
La pareja consolida con la portada del disco y las letras de las canciones su imagen de «chicos malos», a pesar de que nunca incitaron a la juventud a cometer delitos; simplemente realizaban pequeñas crónicas de la vida en los barrios y comunidades latinas de Nueva York. Los temas más destacados fueron: «Che Che Colé», «Te conozco», «Tú no puedes conmigo», «Sangrigorda» y «Ausencia» que fue uno de los boleros más radiados de la época. El éxito de este disco se afincó en un repertorio de carácter urbano y popular y en las vocalizaciones afinadas, sabrosas y sentimentales de Héctor Lavoe.
Héctor Lavoe buscaba darle a sus canciones el toque propio de su país natal, Puerto Rico, y lograr que se identificara con esta nueva música que estaba tocando, que ya era salsa, pero todavía no había sido bautizada como tal. Colón estaba ensayando una fusión entre múltiples ritmos afro-antillanos, junto con el jazz estadounidense en los acordes de los trombones. Todo esto le daba un toque bastante agresivo a sus composiciones, lo cual se complementaba perfectamente con el estilo de cantar de Lavoe, que era callejero y desafiante.
Para 1970 esta amalgama entre música urbana, salsa y folklore cobra relevancia en el disco Asalto navideño, que evoca el sentir religioso y patriótico de las fiestas navideñas, combinado con el efecto de la parranda de ir de casa en casa con cánticos.
En este álbum el maestro Yomo Toro hace alardes de su virtuosismo dando un aire puertorriqueño a gran parte de los temas. La canción más popular de este disco fue «La murga», con su contagioso ritmo y la potente y afinada voz de Héctor, que comienza hacer gala de soneos e improvisaciones inolvidables cuando en el solo de trombón dice: «Guapea Willie Colón… El diablo».
El éxito de estos álbumes transformó significativamente las vidas tanto de Colón y de Lavoe. La banda de Colón ofreció un crudo y agresivo sonido de trombones que fue bien recibido por los fanáticos de la salsa y Lavoe complementa el estilo con su voz articulada, talento para la improvisación y sentido del humor. Héctor recibió un reconocimiento inmediato, trabajo estable, y el dinero suficiente para proporcionarse un cómodo estilo de vida. De acuerdo a Lavoe, todo pasó tan rápido que no sabía cómo lidiar con el éxito repentino.
La carrera artística de Héctor Lavoe continuó con la publicación de su sexto trabajo con Colón La gran fuga 1971, de donde se desprendió el inolvidable tema «Panameña» y donde Lavoe, en el «puente» de la canción, que se detiene por un instante, improvisa: «La salsa de Puerto Rico… El aguinaldo» y los trombones junto al sinuoso piano del profesor Joe Torres crean una explosión de sabor.
Su éxito era tal que constantemente eran contratados por toda Latinoamérica para presentarse ante multitudes. Los trombones se volvieron el instrumento más típico de la salsa, algo que funcionó muy bien para este binomio salsero. Sin embargo, Lavoe comenzó a consumir drogas, a llegar tarde a los conciertos y a llevar una vida de excesos que comenzó a hacer mella en su indiscutible talento.
Desde su época con Willie Colón se hizo adicto a las drogas y comenzó a incumplir sus compromisos artísticos. Tuvo que someterse a varias rehabilitaciones.
Luego de seis producciones para el sello Fania y con una propuesta musical en plena evolución, Lavoe junto a Colón lanzó al mercado El juicio (1972). El álbum cosechó éxitos inmediatos tales como: «Piraña» del Tite Curet Alonso, donde Lavoe despliega todo su potencial vocal y estilo lleno de frases populares con doble sentido, que muestran el carácter pendenciero que caracterizó al cantante en varios pasajes de su vida. Otros temas destacados fueron «Soñando despierto» y el bolero «Seguiré sin ti» que Lavoe canta con una forma vocal retardada con un estilo entre apasionado y sentimental. En el número de apertura Ah, Ah/O-No la voz de Héctor es evasiva y traviesa demostrando su juego vocal de palabras y astucia rítmica.
Lo mato (1973) fue el trabajo culminante de la trayectoria artística de la pareja cuando ambos se encontraban en la plenitud de sus facultades creativas. Willie Colón compone algunas de las mejores canciones de su carrera. Temas como «El día de suerte», «Todo tiene su final» y «Calle luna calle sol», son referencia obligada en el repertorio del cancionero musical salsero, engalanadas por la voz de Héctor llena de alma y poesía, demostrando su impecable fraseo y contagioso sentido del humor. Este álbum cuenta la historia de dos jóvenes artistas que estaban más que preparados para conquistar el mundo musical.
En 1974 Lavoe participa en el primer disco solista de Willie Colón The good, the bad, the ugly, (El bueno, el malo y el feo) interpretando tres canciones.
Este último trabajo marcó la separación de la pareja que se materializa en 1974. En un principio Lavoe se sintió traicionado y no comprendió las razones, en una época en que estaban en el cenit de sus carreras. Lavoe dependía mucho de Colón y la retirada de su amigo le causó inseguridades y una sensación de abandono. Sin embargo años más tarde, se dio cuenta que separar sus carreras había resultado un acierto y el sello Fania se benefició de los resultados posteriores ya que sus futuras producciones resultaron muy exitosas. A pesar de esta separación, Lavoe siguió contando con la colaboración de Willie Colón en la producción de varios de sus álbumes como solista.
A mediados de los años setenta el sello Fania decidió dar apoyo a sus cantantes de mayor éxito dotándolos de orquestas propias. Para el lanzamiento de Héctor Lavoe se preparó una banda donde a la línea de trombones se agregaron dos trompetas. La sección rítmica era idéntica a la empleada con Willie Colón y en el piano estuvo Mark Dimond, un viejo conocido que los había acompañado en sus primeros álbumes. Los arreglos estuvieron a cargo de José Febles y el propio Colón quien continuaba en los coros junto a Rubén Blades. Con esta agrupación Lavoe inició su carrera como solista, donde lanzando el álbum titulado La Voz (1975), en cuya portada aparece una foto del cantante que es clásica.
Este disco fue un éxito total y sus ventas alcanzaron disco de oro en poco tiempo. Las canciones destacadas fueron: «Rompe, Saragüey», un clásico de los años cincuenta totalmente modernizado, donde Dimond ejecuta un elegante e ingenioso solo de piano de dos minutos y medio; «El todopoderoso», escrita por el venezolano Pedro María Perucho Torcat, y el himno escrito por Johnny Pacheco «Mi gente», que fue un tema insignia en las presentaciones en vivo que Lavoe realizaba con la Fania All Stars. En este álbum Lavoe demuestra su versatilidad como cantante interpretando tres piezas que son todo un clásico del bolero de los años 70: «Tus ojos», «Emborráchame de amor» y «Un amor de la calle», mostrando una elevada sensibilidad y una facilidad innata para interpretar este género musical.
Al año siguiente Lavoe lanzó su segundo álbum como solista llamado De ti depende (1976), producido por Willie Colón y arreglos de Luis Perico Ortiz, Louie Ramírez y José Febles. En este álbum Lavoe vuelve a apostar por los boleros como parte importante del repertorio, al punto que el álbum toma el nombre de uno de ellos y además Lavoe interpreta el tema «Consejo de oro», un viejo tango modernizado, y «Tanto como ayer». Pero los temas que sobresalen por su carácter salsero son: «Vamos a reír un poco», donde muestra sus habilidades como sonero, y «Hacha y machete», una especie de autohomenaje donde la dupla Lavoe-Colón entona: «De frente vamos a demostrar/que lo nuestro/no fue un golpe de suerte. Somos hacha y machete/y esa es la verdad». Mención especial para el tema de Tite Curet Alonso, «Periódico de ayer», un clásico que se convirtió en un éxito radial en Latinoamérica y la cuenca del Caribe.
Hubo de pasar dos años para que Héctor Lavoe completara su trilogía luego de su lanzamiento como solista. Los dos álbumes anteriores habían sido éxitos instantáneos y había que apelar a algo importante si se pretendía continuar con la línea ascendente del cantante. Willie Colón contactó con Rubén Blades quien se encontraba trabajando en una composición para él, sin embargo aceptó cederla a Héctor y, «El cantante» se convirtió en el tema que marcó pauta en el tercer disco de Lavoe titulado: Comedia (1978).
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MANUSCRITO ORIGINAL DE "EL CANTANTE", DE PUÑO
Y LETRA DE SU AUTOR, RUBÉN BLADES. 
En El cantante se combinan unos arreglos de cuerdas, arpa y piano que colorean decorativamente el lamento de Lavoe semejando al artista que debe aparentar alegría en tanto lo embarga un gran dolor. Lavoe representa en forma magistral ese personaje que describe la vida entre dulce y agria y donde se establece la ironía del artista como figura trágica, excelentemente ilustrada en la caratula del disco donde viste un traje y la apariencia de Charles Chaplin.
En este álbum también tuvieron gran repercusión los temas: «Bandolera», una equilibrada mezcla entre la experiencia vocal de Lavoe y un arreglo orquestal con solo de piano que personifica la vieja escuela de la salsa, y «Sóngoro cosongo», un son montuno que pinta una danza tribal en la barriada, con letra de un poema del cubano de Nicolás Guillén. Lavoe continúa introduciendo boleros que muestran la profundidad y emocionalidad de su voz, se trata de los temas: «Porque te conocí» y «Comedia».
En esta época, las presentaciones en vivo de Lavoe no obtuvieron los resultados esperados no solo por sus problemas de drogas que le impedían cumplir con responsabilidad las fechas y horas previstas, sino porque los números bailables que por lo general eran canciones que sobrepasaban los seis minutos, tenían un carácter extenuante. Todo esto causó cierto desgaste y la sobreexposición del artista. Lavoe cayó en un cuadro de profunda depresión y desapareció de sus actuaciones en vivo por un período prolongado, siendo sometido a periodos de rehabilitación.
En 1979 Lavoe edita el álbum: Recordando a Felipe Pirela, compuesto por canciones que hicieron famoso al cantante venezolano. Héctor siempre admiró a este cantante que paradójicamente tuvo un destino trágico al morir en Puerto Rico siendo bastante joven. Para esa época la disquera Fania comenzaba a sufrir los embates de la crisis de la salsa y en lugar de otorgar al cantante temas inéditos, se deslizaron por un camino seguro, haciendo versiones de boleros ya populares.
El disco logró buena aceptación y ventas, sin embargo a nivel artístico constituyó un punto de inflexión en la carrera ascendente del cantante cuyo fuerte siempre fue la improvisación en los “soneos” y su forma de encarar la salsa bailable. Carlos Francetti, Jorge Calandrelli y Luis Cruz, tuvieron a su cargo los arreglos musicales y entre los temas escogidos pueden mencionarse: «Vieja carta», «El retrato de mamá». «Pobre del pobre» y «Sombras nada más». Para quienes no conocieron estos boleros en la voz de Felipe Pirela este disco pudo haber sido un gran descubrimiento.
A fin de año se edita el tercer disco navideño de Héctor: Feliz Navidad 1979, que por su carácter se graba solo para ser vendido en esas fechas. A pesar de algunas canciones jocosas como: «Joven contra viejo» (grabada con Daniel Santos), «Montserrat», «Una pena en Navidad» y «Dame un chance», el disco ―cuya portada fue catalogada de ridícula por All Music― no tuvo mayor trascendencia.
Héctor Lavoe regresa a la salsa bailable con su sexto álbum de estudio como solista, El sabio (1980), con canciones que sin ser éxitos rotundos tuvieron cierta popularidad entre ellas: «El sabio», «Noche de farra» y el bolero «Plazos traicioneros», que había sido grabado por Celia Cruz y Willie Colón en 1977.
Además participó en los álbumes grabados por la Fania All Stars Commitment (1980), con el tema «Ublabadú», que resultó un éxito instantáneo en las emisoras latinas de radio, y el tema «Semilla del amor», del álbum Latin Connection (1981), cuyo arreglo sinfónico estuvo a cargo del colombiano Francisco Zumaque.
SEMILLAS DE AMOR, TEMA POCO CONOCIDO, CON ARREGLOS SINFÓNICOS DEL MAESTRO COLOMBIANO FRANCISCO "PACHO" ZUMAQUÉ
En su séptimo álbum como solista, Qué sentimiento (1981), Willie Colón se separa de la producción del disco, y es el propio cantante quien se encarga de ello. José Febles y Louie Ramírez actuaron como co directores musicales.
El repertorio escogido, los arreglos y hasta la caratula del álbum marcan el regreso del cantante a los niveles artísticos de sus tres primeros trabajos como solista. Los temas: «Soy vagabundo», «No hay quien te aguante» y «Amor soñado», parecieron haber estado hechos a la medida del artista. La Asociación de Cronistas del Espectáculo (ACE) de Nueva York entrega a Lavoe un reconocimiento a la excelencia por este disco.
Para 1983, cuando se lanza Vigilante, la carrera de Lavoe estaba en un punto incierto debido a su comportamiento errático y su desesperante relación con las drogas. Fania decide darle un empuje al juntarlo nuevamente con Willie Colón quien canta en solitario uno de los cuatro temas del disco y deliberadamente toma un rol secundario, dejando que sea su venerado compadre el que brille. La música del álbum, aderezada por una portada que muestra una pistola humeante con tres casquillos de bala, apela a la nostalgia del dúo, que encabezó la Explosión Salsera del primer lustro de los 70, pero con un sonido más actualizado.
El álbum arranca con el éxito «Triste y vacía», con Héctor en plenitud de formas y un coro ampliado narrando la historia de una mujer marcada por la traición y la mala suerte. «Juanito Alimaña», de Tite Curet Alonso, fue el sencillo promocionar que rápidamente escaló los primeros lugares en la radiodifusión. Este tema se convirtió en una especie de himno que retrata la vida de un matón de barrio que tiene impunidad, por sus relaciones con la policía y por eso los vecinos no pueden delatarlo cuando comete sus fechorías. Otro de los temas considerablemente largos es: «Pasé la noche fumando» donde Lavoe y Colón conjugan sus voces en una especie de lamento que personifica un hombre que pasa la noche en un bar bebiendo y fumando para tratar de olvidar la pérdida del amor de su vida.
El álbum Vigilante tiene su propia aura y brillo particular. Si bien no funcionó como la banda sonora que estaba destinada a ser, el álbum cumplió su misión de poner a Héctor Lavoe de vuelta en carrera con dos poderosos éxitos.19
En 1984, Johnny Pacheco compuso para Lavoe la canción «El rey de la puntualidad», que se incluyó en el álbum Lo que pide la gente (de Fania All Stars). Era una descripción cómica de la incapacidad de Héctor por llegar a tiempo a sus presentaciones.
Grabado en 1985 en medio de la debacle de Fania Records Jerry Masucci produce uno de los álbumes menos interesantes de la discografía de Héctor Lavoe: Reventó. Lavoe no estaba contento con su carrera y su inestabilidad emocional encendió un comportamiento impredecible. A pesar de que el disco se intentó promocionar por diversos medios ninguna canción estuvo a la altura de sus grandes éxitos anteriores y pasó desapercibido a pesar de un solo de piano de Richie Ray en el tema «Cáncer» y del tema «Fama», escrito por Lavoe, que relata la triste crónica de una fatalidad anunciada y gestada pocos años después: «No tengo amigos/y si un amor fácil lo consigo/así de fácil lo he de perder/Mi madre dijo: no creas ser un gran tenorio/pararás en un sanatorio y allí la fama habrás de perder».
A fines de 1986 Héctor regresó a las ondas radiales pegando fuerte con la composición «Plato de segunda mesa», de Tite Curet Alonso, incluida en su disco Strikes back (1987), producido por Willie Colón. Strikes back, coincide con la debacle de la salsa tradicional pero fue reconocido con una nominación al Grammy. Con el lanzamiento de Strikes back, distribuido durante el periodo de mayor efervescencia de la «salsa cosmética», Lavoe siguió fiel a la tradición de la rítmica y la narrativa salsera.
DOCUMENTAL EN SIETE PARTES SOBRE LA VIDA DE HÉCTOR LAVOE












lunes, 22 de septiembre de 2014

Cómo influyó Héctor Lavoe en lo que hoy es La Troja - Incluye videos

El próximo 30 de septiembre se celebra un año más del nacimiento de Héctor juan Pérez, el gran Héctor Lavoe. En la siguiente crónica, publicada en la Revista Latitud, de El Heraldo de Barranquilla, en agosto de 2011, Edwin "Guayacán" Madera, Manager General de La Troja, cuenta cómo fue que "El Coquí de Puerto Rico", "El cantante de los cantantes", influyó en la estructuración de lo que hoy es el estadero de salsa más popular del caribe antillano. 
"Héctor Lavoe me lavó el cerebro y los oídos": Edwin "Guayacán" Madera
Por Juan Carlos Rueda Gómez – Especial para El Heraldo
Habla con un tumbao muy difícil de ubicar con exactitud en la extMnsa geografía del Gran Caribe Antillano, porque es una mezcla de expresiones y sabores verbales, con una pisca de su Cereté natal, una gran porción de cubanía, unas onzas de puertorricura y una aromática y particular sazón de curramberidad.
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Edwin "Guayacán" Madera, ante la placa que consagra
a La Troja como el primer estadero de salsa declarado
Patrimonio Cultural Musical de Barranquilla.
En síntesis, un bacán, en toda la extensión de la palabra. Quien no lo conozca fácilmente puede pensar que Edwin Guayacán Madera Velásquez es un director de orquesta o comentarista radial de música.
Fue en el precarnaval de 1966 cuando comenzó la historia de La Troja, este emblemático lugar, no solo de Barranquilla sino del Caribe colombiano, declarado Patrimonio Cultural de la ciudad. Ese año, un grupo de jóvenes de la clase alta barranquillera, cansados de la decadencia en que estaban los tradicionales night clubs del barrio La Ceiba, como el Place Pigalle, El Palo de Oro, La Charanga y El Molino Rojo, entre otros, donde hasta entonces se divertían, decidieron rumbearse las fiestas en una especie de choza ubicada en un altillo, en la carrera 46, entre calles 70 y 72, en inmediaciones de los tradicionales restaurantes Mi Vaquita, El Toro Sentao y Doña Maruja, hoy desaparecidos.
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Edwin "Guayacán" Madera con los periodistas
Antonio Morales y Juan Carlos Rueda.
Jorge López, mesero del Country Club, fue contratado para que los atendiera en ese remedo de palco, el primero de que se tenga conocimiento en la historia del Carnaval, frente al cual pasó la Batalla de Flores de ese año. Aunque no pusieron un aviso en la pared, sí lo hicieron en un pequeño cuadrado de cemento fresco donde todos estamparon su firma y su huella como acto de fundación, debajo del denominativo que mejor describía el aspecto del lugar: La Troja. No imaginaron nunca que hoy día haya miles de amantes de la salsa que se autodenominan trojeros y trojeras.
Aunque el grupo de rumberos le dejó el sitio a López para que lo explotara a cambio de que los atendiera de vez en cuando, a él no le gustó ese ambiente, y prefirió volver a los pomposos salones de club, dejándolo en manos de su paisana de Cereté doña Zunilda Velásquez de Madera, quien unos años antes había llegado a la ciudad con sus pequeños hijos y se dedicaba a repartir almuerzos a los albañiles de las construcciones del barrio Boston.
Uno de los niños de doña Zunilda era Edwin, que a pesar de solo tener diez años de edad, le ayudaba en su nuevo negocio, que pasó de ser cantina de niños bien, los fines de semana, a floreciente expendio de fritos, y chicha de arroz y de maíz.
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Personajes del teatro como Darío Moreau, director de
 "Ay, Macondo", disfrutan en La Troja como cualquier parroquiano.
Al poco tiempo consiguieron un pequeño equipo de sonido de cuatro tubos, y empezaron a vender cerveza a ritmo de vallenatos, porros, boleros y hasta tangos, según eran de diversos los gustos de la clientela. Fue la época en que el narrador Antonio Borja Suárez y otros compañeros que trabajaban en Emisoras ABC, ubicada en la esquina de la 70 con 46, bautizaron el lugar con el nombre de Quiosquito ABC. Los domingos, doña Zunilda amplificaba los partidos del Junior narrados por Édgar Perea y el negocio se llenaba con los aficionados que no podían entrar al estadio.
“La vaina iba bien, mi hermano, recuerda Edwin nostálgico. Hasta mediados de los setenta la cosa mejoraba cada día y yo le metía el hombro con mi mamá y mis hermanos, pero cuando empezó la bonanza marimbera, cuadro, se nos empezó a llenar el negocio de atarbanes que amenazaban con no pagar la cuenta si no poníamos solo vallenatos de tal o cual artista. Muchas veces hacían tiros al aire y alardeaban con sus camionetas, haciendo chirrear las llantas. Eso me hizo alejarme del vallenato, no por la música en sí, sino por la gente que llegaba a oírla a nuestro sitio. Pero aguantamos hasta comienzos de los ochenta.
Vea, mi llave, para ese entonces fue que el brother Héctor Lavoe me lavó el cerebro y los oídos. Cuando veía a mi mamá embelesada oyéndolo cantar en ritmo de salsa, La verdad, ese vallenato de Freddy Molina que yo había conocido en la voz de Alfredo Gutiérrez, empecé a descubrirle otra dimensión a la música.
Y la apertura definitiva del panorama de mi sabor salsero fue el 6 de agosto de 1980, cuando mi viejita linda me llevó a ver el concierto de la Fania All Stars y Tito Nieves con el Conjunto Clásico en el Estadio Romelio Martínez. Allí actuaron todos los duros de la salsa, pero las antenas de mi corazón estuvieron dirigidas al Cantante de los Cantantes. Al poco tiempo, en 1981, murió mi vieja, y entonces tomé la decisión de cambiarle el rumbo a mi vida y al negocio que ella me dejó. Saqué de la discoteca todo lo que no fuera salsa y amarré un bulto que alguien se llevó, y me quedé con 33 elepés.
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El famoso mago Gustavo Lorgia no se pierde el goce
salsero de La Troja cada vez que viene a Barranquilla.
Mandé a hacer un aviso con letras amarillas y fondo verde y le puse: La Troja, el mejor ambiente salsero. Para empaparme del tema me iba todos los días al estadero El Taboga, que considero ha sido mi universidad. El dueño era un señor santandereano, don Samuel Gutiérrez, y lo atendía su hijo Eduardo. Allí conocí a los mejores discjockeys de toda la historia, César Hernández y Luciano Barraza. Ellos fueron mis directores de tesis salsera”.
Por La Troja han desfilado todos los cantantes colombianos del género salsa, y para los soneros extranjeros que llegan a la ciudad es de rigor la visita al lugar. Muchos de ellos han cantado sobre la pista de sus propias canciones. Lo testimonia la galería fotográfica. Durante treinta años se fue creando esa armónica atmósfera democrática que siempre ha identificado a La Troja.
Es quizá el único lugar al que los de clase alta no temen ir y los de otros estratos sociales tienen como una de sus grandes aspiraciones lúdicas, porque es el sitio donde pueden codearse con políticos, empresarios, escritores, poetas, periodistas, gobernantes y catedráticos, sin que haya en el ambiente algún tipo de discriminación o segregación. Cualquier día uno puede estar al lado del alcalde Alejandro Char o del gobernador Eduardo Verano, de las diseñadoras Tina Newman y Judy Hazbún o del exalcalde de Bogotá Lucho Garzón.
“Pero como dice Héctor Lavoe, todo tiene su final”, apunta Edwin, parafraseando a su ídolo. El 1 de julio de 1996, al cumplir treinta años de actividades, tuvimos que mudarnos por fuerza mayor, y nos despedimos de la 46 con un concierto que llamamos Primer Festival de Soneros, en el que actuaron Jairo Licazalle, Saulo Sánchez, Tico Stevenson, Jaime Pico Pico Villanueva y El Halcón, presentado por Rodolfo Espinoza Brugés.
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Mauricio "Mao" Meléndez, izquierda y Danny "Saoko" Tinoco, 
derecha, son dos baluartes de la Organización Musical La Troja, 
que forman un gran equipo con Edwin "Guayacán" Madera.
Enseguida, el 5 de julio, abrimos en la esquina de la carrera 44 con calle 74, presentando otro concierto con el Grupo Raíces, La Barriada y Son 5. Desde entonces hemos estado aquí, luchando por darles gusto a los amantes de la salsa. Aquí continuamos con las actividades de El Goce de lo nuestro, en época de precarnaval y carnaval, que comenzamos en la vieja sede. Consiste en darle espacio a los ritmos autóctonos, combinado con actividades académicas o talleres didácticos en los que han participado estudiosos como Cristóbal Díaz Ayala, cubano- puertorriqueño; Julio Oñate Martínez, Laurian Puerta, Erasmo Padilla, Édgard Rey Sinning, Jaime Abello Banfi y muchos coleccionistas que han contribuido a preservar nuestras raíces.
En la parte musical han estado Joe Arroyo, Los Corraleros de Majagual, el Sexteto Tabalá, Totó La Momposina, Aníbal Velásquez, Lisandro Mesa, Adolfo Echeverría y muchos más. Lo hacemos para que esto no sea simplemente una fábrica de borrachos, como muchos otros sitios.
Ahora, Edwin Guayacán Madera se prepara para celebrar dos aniversarios de La Troja. Los 45 de fundada y los quince en su nuevo espacio, en el que fue declarada Patrimonio e Institución Cultural y Musical de Barranquilla, según reza la placa firmada por Roy Pérez, entonces director del Instituto Distrital de Cultura, IDC.
Una de las pocas cosas que no consumió el incendio ocurrido el 21 de octubre de 2001, en el que se quemaron 4.300 acetatos y 3.600 cedés. Pero todo se recuperó gracias a la solidaridad de sus amigos salseros. 
El vallenato La Verdad, de Freddy Molina, interpretado en slsa por Héctor lavoe, fue, paradójicamente el tema que le cambio el gusto musicl a Edwin "Guayacán" Madera para darle un vuelco total a la programación musical de La Troja.

Cada año, incluso antes de leer el bando, la reina del carnaval de Barranquilla prende la chispa de la rumba inaugurando El Goce de lo Nuestro, evento creado por Edwin "Guayacán"Madera.

martes, 9 de julio de 2013

“Este cantar es para ti, barranquillero”


Por Juan Carlos Rueda Gómez - Fotos: Kyara Matos Gamero
Especial para Revista Latitud de EL HERALDO


José Mangual, sorprendido al ver un óleo de Chano Pozo, en La Troja. Mangual le ha dedicado dos discos como tributo, en uno de los cuales está su tema más famoso: Cuero na' má.


“Yo no iba a cantar el tema, solo hice una voz guía para que el cantante titular se la aprendiera” José Mangual Jr.

Barranquillero arrebatao fue escrita por un vallecaucano, los arreglos son de Isidro Infante, puertorriqueño, fue grabada en Houston, Texas y mezclada en Nueva York. Pero es un tema tan emblemático para los curramberos como La luna de Barranquilla.

“Yo toco para el bailador, no para satisfacer mi ego, como ocurre con muchos músicos. Cuando tú estás pensando solo en satisfacerte a ti mismo, lo que hagas, por muy bueno que sea, se queda ahí, no trasciende” José Mangual Jr.


Liliam María Ospino, la "Celia Cruz" de nuestro carnaval, radiante de felicidad por su encuentro con José Mangual Jr.
La primera sorpresa de José Mangual Jr. al llegar al conversatorio programado en la Sala Musical Joe Arroyo, de La Troja, el pasado 28 de junio, se la dio Liliam María Ospino, la barranquillera que mejor caracteriza a Celia Cruz en el Carnaval, ganando incluso un Congo de Oro este año. Ella y su hijo Andrés Felipe Molinares estaban allí esperándolo con un bongó, una clave y, por supuesto, una campana. Su propósito era rendirle tributo de admiración y transmitirle a Andrés Felipe su amor por la salsa. 

Y qué mejor ocasión que presentándole al artista que la ha hecho bailar y gozar tantas veces.

Aunque esa situación rompió el protocolo, José Mangual Jr. no se podía negar. Por el contrario, se emocionó tanto que de inmediato se dispuso a estampar su autógrafo en los instrumentos musicales. A continuación empezaron a caer sobre la mesa, como salidas de la nada, decenas de carátulas de viejos discos de larga duración como el Tributo a Chano Pozo en sus dos volúmenes y varios de Héctor Lavoe, Willie Colón y la Fania All Stars, donde él participó de diversas formas.
Es que es más fácil saber con cuáles estrellas de la salsa no ha grabado este ‘newyorrican’ nacido en el Barrio Latino de Nueva York, o a quienes no ha acompañado con su bongó y su famosa campana. Ya son cincuenta de sus sesenta y seis años de edad los que ha dedicado a la percusión, los coros, la producción, dirección y hasta la administración de orquestas, como lo hizo por algún tiempo con Héctor Lavoe, quien le dijo en 1974, al disolverse el grupo de Willie Colón: “Mira, Mangual, si tú te haces cargo de escoger los músicos y manejar la banda, yo me monto en esa guagua (bus). Lo único que yo voy a hacer es cantar. Si tú no aceptas, entonces no canto más y me regreso pa´ Ponce”.



Edwin "Guayacán" Madera Director de la Organización Musical La Troja, con José Mangual Jr.

El sábado 29 de julio, Mangual Jr. dio una demostración fehaciente del porqué se mantiene vigente. Y sobre todo de la forma en que se gana al público, invitando a la tarima de La Troja, que celebraba su aniversario 47, a varios espontáneos campaneros que lo acompañaban desde sus mesas. Seguramente ellos nunca olvidarán que compartieron escenario tocando al lado de uno de los más grandes percusionistas de la historia.

El domingo, en medio del asedio a que es sometido por salseros de todas las edades luego de su apoteósica presentación con KY Latina Orquesta, en Guararé, Salsa Disco Bar, en el llamado planeta sur de Barranquilla, le pregunto qué opina de que haya jovencitas de escasos dieciocho años ansiosas por tomarse una foto con él e incluso por darle abrazos y besos siendo que sus éxitos más recientes fueron grabados hace veinticinco años, como es el caso de Barranquillero arrebatao.





José Mangual Jr. acompañado por KY Latina Orquesta. Con él, Jocelyn Mejía, gran voz barranquillera.

“No será por lo lindo que soy –y suelta la carcajada–. Eso pasa cuando tú haces las cosas a conciencia –dice con seguridad. Yo toco para el bailador, no para satisfacer mi ego, como ocurre con muchos músicos. Cuando tú estás pensando solo en satisfacerte a ti mismo, lo que hagas, por muy bueno que sea, se queda ahí, no trasciende.

Eso lo aprendí de mi padre, José Mangual, Buyú, quien llegó a Nueva York a comienzos de la década del cuarenta, en el siglo pasado, y logró abrirse paso en esa ciudad tan grande y culturalmente ajena a su vida, donde la música latina estaba relegada a espacios muy pequeños. Pero mi padre se unió a la orquesta de Machito, junto con Chano Pozo y Tito Puente. Ellos empezaron a escribir esta historia, a echar las bases sólidas de esto que ahora se conoce como salsa”, sentencia mientras firma carátulas de elepés que algunos llevaron al lugar.

Y es necesario contar, aunque sea en forma somera, lo que sucedió en esa época en que se imponían las big bands con su esplendoroso sonido llenando las noches neoyorquinas con el ritmo del swing. José Mangual padre se codeó con los grandes del jazz y aportó en gran medida a la creación del bebop, junto a Machito y Dizzy Gillespie, Stan Kenton, Cal Tjader, Gato Barbieri, Charlie Parker y otros que diseñaron la matriz, noche a noche, nota a nota, golpe a golpe, para lo que hoy se conoce como latin jazz.

Precisamente en esas andaba José Mangual Jr. a los 16 años con Monguito Santamaría, el hijo del gran Mongo, cuando Héctor Lavoe le dijo: “tú estás perdiendo el tiempo con ese latin jazz, tú no vas a llegar a ninguna parte con un ese co ki co ki co kikico o con el kon kon tiki kon kon… tú tienes que darle otro sabor a esa campana…tienes que sonar el kon tikikon tikikon ti kon y tienes que hacer coros… deja ya de perder el tiempo y vente con nosotros”.
Así fue como entró a formar parte de la orquesta de Willie Colón y Héctor Lavoe desde antes de grabar el primer disco, El malo, en 1967. Se dio el caso de que el bongosero titular de la banda era muy joven y no podía tocar en centros nocturnos por no tener la llamada cabaret licence, la cual sí poseía Mangual. A partir de ahí es historia conocida. Largas giras por todo el mundo, días enteros en los estudios de grabación y muchos éxitos cosechados. Temas como Cuero na’ ma, Campanero, El mil amores, Salta Perico y Campana Mayoral, entre otros, son suficientes para definirlo como gran compositor.

Pero la canción que merece especial atención es Barranquillero arrebatao, por varias razones. Como reza el dicho popular: “lo que viene derecho no trae arrugas”. Así cuenta la historia Mangual: “En 1987 fui a Houston, Texas, a tocar unos bailes con Pedro Villanueva, Melcochita, el cantante peruano, famoso por el tema Pegaso. En el grupo estaba el pianista Isidro Infante y él y yo fuimos contratados por el señor Eliécer Tenorio para producir un disco de la Orquesta Sarabanda. Una de las canciones era Barranquillero arrebatao.
Lo primero que me llamó la atención fue ese calificativo: arrebatao. Porque en Puerto Rico y otros países tiene una connotación más bien sexual o relacionada con la locura. Pero bueno, le metimos mano al guiso y cuando se iba a grabar la voz, el cantante del grupo no le daba el sabor que se requería.

Entonces Tenorio me pidió que hiciera una voz guía, es decir, que la cantara con mi estilo para que el cantante titular se la aprendiera y le cogiera el tumbao sabroso. Así lo hice, pero en medio de la grabación empezó una discusión entre Eliécer y Víctor Raúl Sánchez, Patillas, autor de la canción, que es de Dagua, Valle del Cauca, pero estaba casado con una barranquillera y quería hacerle un homenaje a la tierra de su mujer.

A raíz de la pelea, Tenorio le prohibió a Sánchez que entrara al estudio y me tocó mantener el contacto con este por teléfono. Así él me iba diciendo las cosas relacionadas con Barranquilla, porque yo no conocía nada de esta bella ciudad. No tenía idea de qué era eso de “la Cien y la veintiuna”, o “la guerra de picoteros”, ni quién era Lafaurie, pero con paciencia, Sánchez me iba explicando y así fui armando los pregones e inspiraciones que hoy se conocen en el tema. Lo más curioso es que a los pocos días llega Tenorio a Nueva York con la cinta matriz a hacer la mezcla final y me dice: Mira, Mangual, mi cantante grabó el tema, pero he estado escuchando bien la grabación y la he comparado con la guía que tú hiciste y de verdad, no hay comparación. Quiero que negociemos para dejar tu voz. Yo le pedí un dinero y me lo dio enseguida. El problema era que yo estaba firmado con una compañía y no podía figurar en los créditos, así que tuvimos que acelerar un poco la cinta para ‘disfrazar’ mi voz y en el disco original no aparece mi nombre”.

A estas alturas de la madrugada del lunes festivo 1° de julio ya han pasado por la mesa de Mangual muchos admiradores a tomarse fotos con él y a pedirle autógrafos. Eso dibuja en su cara un gesto de satisfacción. Además, aunque ya había interpretado en vivo sus éxitos, los rumberos seguían pidiéndole al DJ que volviera a poner las grabaciones para seguirlas disfrutando y demostrarle a este gran músico su agradecimiento por esta canción que, casi por accidente, se convirtió en emblemática para los barranquilleros, aquí y en el mundo entero.
Al momento de partir hacia su hotel, nos da una primicia: es casi seguro que regrese en octubre a la celebración del bicentenario de la ciudad. Para entonces, existe el proyecto de interpretar Barranquillero arrebatao en versión sinfónico-rumbera. Con seguridad será algo espectacular.



El periodista especializado en salsa, Juan Molina Pomárico, participando en el conversatorio realizado en la Sala Musical Joe Arroyo de La Troja con José Mangual Jr. y Carlos Santos. 


Al final, la gran foto de todos los participantes en el conversatorio realizado en la Sala Musical Joe Arroyo, de La Troja con José Mangual Jr. y Carlos Santos. 




sábado, 29 de junio de 2013

LAVOE: TAMBIÉN LLEGÓ TARDE A SU FUNERAL

Por: Ernesto McCausland Sojo - Escritor, Periodista - Barranquilla, Colombia
I. NO ME LLOREN NA
No quiero que nadie llore
si yo me muero mañana,
señores no traigan flores
para mí no quiero nada.
II. LA CRÓNICA (En primera persona)
El jueves primero de julio de 1992, mientras estábamos a punto de aterrizar en el aeropuerto La Guardia, de Nueva York, no podía sacar de mi cabeza al personaje que me había obligado a tomar aquel avión a toda carrera para asistir a su funeral.
El Cantante de los Cantantes, Héctor Lavoe , había estado siempre presente en mi vida de una u otra forma. De niño fui cautivado por «Che Ché Colé», una canción de pegajoso ritmo africano que era como una golosina musical para el alma infantil. Fue su primer gran éxito. Luego, en mi adolescencia, fui contagiado con la fiebre de salsa que se extendió por el mundo y que tenía en «Mi gente», de Hector , a su punta de lanza. Ya adulto, formé parte de una generación que quedó con el corazón tatuado por canciones como «Periódico de ayer» y «El cantante»; una generación que se sentía alucinada por aquel hombrecillo trémulo de rostro pálido y sonrisa zalamera, que se aparecía en los escenarios con trajes de cuadros y que dominaba los secretos del buen cantar.

Ya ejerciendo el periodismo tuve la suerte de conocer a Héctor Lavoe en agosto del 86, durante su última visita a Colombia. Era un hombre espontáneo y conversador, que enloquecía con los vallenatos que sonaban por la radio.

--¡Eso es salsa! --exclamó una vez, cuando escuchó una canción de Alejandro Durán.

Hablaba atropelladamente, alternando su fuerte acento puertorriqueño con una que otra palabra en inglés. A veces se le olvidaba lo que estaba diciendo y pedía que le recordaran. Sus respuestas eran enredadas.

Comenzaba a decir una cosa y terminaba diciendo todo lo contrario. En la entrevista que le hice, Héctor Lavoe proclamó su Manifiesto de la cheveridad: Es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere . Fue ese el titular que utilizamos, a lo ancho de la página, en El Heraldo . En esa misma entrevista, Héctor Lavoe me habló con orgullo de su hijo, Héctor Junior.

Treinta y dos días más tarde, perdida en la página de espectáculos del periódico, encontré una noticia que me estremeció de pies a cabeza: Héctor Junior había sido asesinado en Nueva York. La trágica muerte del hijo constituyó el comienzo de la cadena de infortunios que habían de reseñar las agencias de noticias el día del funeral: desapareció del mundo del espectáculo.

Cuatro años después me enteré de que estaba ensayando para regresar al canto. El camino de regreso había tenido malos momentos, como una presentación con las viejas estrellas de la Fania en el Madison Square Garden. Convertido en una ruina humana, delgado y cojo, se subió a la tarima para cantar «Mi gente» y a duras penas pudo sostenerse en pie. Pero a pesar de las circunstancias, yo tenía la certeza de que Héctor Lavoe lograría avivar sus llamas sagradas y pronto sería el héroe del retorno. Viajé entonces a Nueva York para entrevistarlo. Lo llamé desde un teléfono público en la estación de trenes y me jugó una broma pesada.
Me dijo que iba a ensayar esa tarde en un bar del Bronx. Acudí y no había ningún ensayo. Entonces me di cuenta de que el cantante me había enviado a una de las zonas más peligrosas de Nueva York.

Gracias a un buen amigo, logré averiguar que los ensayos eran en el Boy's Harbor, frente al Central Park, y allí lo encontré a las ocho de la noche. Quedé impresionado. De aquel muchacho jovial y regordete que había conocido en 1986 en Barranquilla, sólo quedaba un hombrecillo de rostro verdoso y cabellos escasos que apenas podía caminar.
Lo entrevisté pero no logré que me dijera una frase coherente. Luego lo vi ensayar: su voz estaba intacta, también su ánimo. En un descanso improvisó estas notas: «Bésame, bésame mucho, como si fuera el marido que yo te quité... ».
El aterrizaje me hizo regresar de mis recuerdos. El funeral me esperaba en Manhattan.
III. TODO TIENE SU FINAL 
Como el lindo clavel
sólo quiso florecer

enseñando su belleza

y marchito perecer.

IV. LA NOTICIA

NUEVA YORK, julio 1 (Associated Press) --- El popular cantante puertorriqueño Héctor Lavoe fue sepultado hoy al mediodía, después de un desfile de cuatro horas que recorrió las principales calles de Manhattan y el Bronx, paralizando el tráfico y produciendo reacciones espontáneas entre transeúntes y residentes del sector.

Una multitud de gente del común acompañó al Cantante de los Cantantes hasta su última morada, en una ceremonia callejera que pareció más un carnaval que un funeral.

Auténticos personajes de la calle, muchos de ellos prostitutas y borrachos, caminaron al lado de la carroza mortuoria, bailando y cantando las canciones de Héctor Lavoe , cuya voz brotaba por un sistema de altavoz que acompañaba el cortejo fúnebre.
Falleció el pasado 30 de junio a los 46 años, a raíz de un infarto cardíaco, motivado por complicaciones asociadas con el sida, luego de una penosa cadena de infortunios y batallas perdidas con la droga y el alcohol.
Nacido en 1947 en Ponce, Puerto Rico, y tras emigrar a Nueva York en 1961, Héctor Lavoe fue protagonista principal de los años dorados de la salsa, cuando al lado de las Estrellas de la Fania, llenó estadios, vendió millones de discos y sacudió al mundo entero con su voz melodiosa y sus inspiraciones soneras. A pesar de la hegemonía de entre las figuras de la Fania, sólo unos pocos de sus colegas asistieron al funeral.
V. EL REY DE LA PUNTUALIDAD (I)
Yo seguiré en mi vaivén,
cantando con sabrosura,
siempre estaré con ustedes,
¡mi gente!
hasta que a mí me lleven
en contra de mi voluntad,
que me lleven a la sepultura
VI. EL COMPAÑERO
(Willie Colón, el hombre que descubrió a para la música, evoca uno de los momentos más dramáticos en la vida de : el intento de suicidio en San Juan de Puerto Rico.)
«Recuerdo el día en que pasó eso. Estábamos en Puerto Rico para un concierto de muchas orquestas. Pero hicieron el concierto en una época en que había muchas fiestas patronales allá y las fiestas patronales son gratis. Así que al concierto de nosotros no fue nadie. El promotor nos llama al hotel y nos dice: 'mira Willie, mejor no vengas'. Recuerdo que los músicos nos sentamos en el bar del hotel, a ver si nos llamaban para cambiar la orden. Pero Héctor Lavoe estaba en una condición que no quería aceptar eso. Se fue para el sitio del concierto y allí dijo: 'A mí no me importa si hay tres personas. Yo voy a tocar aquí'. Mientras cantaba, empezaron a desmontar el equipo de sonido y terminaron apagándole las bocinas. Fue todo un trauma. Yo creo que eso encendió la mecha. Al otro día me llamaron y me dijeron que se había tirado del noveno piso».
VII. EL REY DE LA PUNTUALIDAD (2) 
Tu gente quiere
oír tu voz sonora
nosotros sólo queremos
que llegues a la hora.
VIII. LA CRONICA (En tercera persona)

Fue una muerte larga, lenta y tormentosa que sólo Dios sabe cuándo comenzó a gestarse. Pudo ser en la infancia, cuando su madre murió de tuberculosis, dejándole como herencia su primera enfermedad y su primera soledad. O pudo ser en aquel verano del 63, cuando --un mes después de haber emigrado a Nueva York-- su hermano mayor le dio la cordial bienvenida al mundo de la drogadicción intravenosa.

LA ÚLTIMA ENTREVISTA

O quizá fue treinta años más tarde, cuando después de haber sido la sensación mundial de la salsa, quiso ponerle punto final a una cadena de tribulaciones y se lanzó al vacío desde el noveno piso del hotel Excelsior en San Juan de Puerto Rico.

Abatido finalmente por ese coctel de infortunios y autodestrucción que fue siempre su vida, Héctor Lavoe le dijo adiós a este mundo el último martes de junio del 92, en una habitación de solemnidad, mientras afuera Nueva York era escenario de su gran fiesta de sol, ropas ligeras, palomas, turistas, ratas, pordioseros, limosinas, ventas ambulantes, pintores callejeros y todas las criaturas del verano.

Murió convertido en una memoria distante de canciones premonitorias; en una leyenda del pasado reciente, envuelto en un cuerpecillo maltrecho que le funcionaba muy mal y que no le servía ya ni para cantar, ni para encender uno de esos cigarrillos Camel que a él tanto le gustaban. Su última frase quedó enterrada en la memoria de su hermana, Sonia, quien, con tufo de alcohol, declaró a los periodistas en el funeral:

--Sus palabras finales no las puedo repetir en público porque ustedes saben cómo Héctor hablaba.

Y estalló en carcajadas.

El Cantante de los Cantantes había pasado su último año de vida en un edificio gris y paranoico, de herméticas ventanas y sofisticada arquitectura, situado frente a una de las rejas de entrada al Central Park. Es el Cardinal Cooke Health Center, una especie de asilo de caridad, donde desde hacía diez años funcionaba un pabellón especial para pacientes de sida menesterosos.
Allí había llegado un año antes de su muerte. Alguien lo dejó en la puerta, convertido en un loquito callejero que hablaba incoherencias y se veía desolado. Héctor Lavoe duró quince días en medio de un absoluto anonimato, tendido en una cama y gritando disparates.
Ni las enfermeras puertorriqueñas, ni nadie en el hospital, se dieron cuenta de que aquel paciente de sida esquelético y arruinado, era el carismático sonero que quince años atrás era vitoreado y alzado en hombros por enloquecidas multitudes.
Hasta que un compañero de piso, chofer de camión, lo oyó cantar una tarde y reconoció la voz. La familia fue avisada de inmediato. Su íntimo amigo y abogado Jorge Carmonafue a verlo, pero Héctor no lo reconoció.
--Llévense a ese tipo de acá --gritó.

Esa misma tarde, Nilda Pérez, su esposa, acudió al hospital. Estaba angustiada. Desde hacía un año y medio, Héctor Lavoe había desaparecido. La visita lo hizo reaccionar. Héctor salió de inmediato de sus nebulosas mentales, se levantó como pudo, abrazó a su mujer, y los dos lloraron juntos durante dos horas.

Nilda supo entonces dónde había estado su esposo durante el tiempo en que duró perdido. Davey Lugo, un corpulento conguero puertorriqueño, se lo había llevado para Miami, donde Héctor se presentaba en bares de mala muerte, cantando en deplorable estado de salud por unos pocos dólares y consumiendo heroína en abundancia. En una de esas jornadas, sufrió una sobredosis. Así fue trasladado a Nueva York y dejado a las puertas del Cardinal Cooke.

Reanimado tras el encuentro con su mujer, Héctor recuperó su buen humor, y lo hizo de tal manera que llegó a bromear sobre la gran tragedia de su vida reciente, el intento de suicidio en un hotel de Puerto Rico. Decía que se había tirado porque él y su esposa habían apostado a quién llegaba primero al casino.

---Por eso me boté --- decía ---, para 'ganal' la apuesta.

A pesar de que su cuerpo ya no le respondía, volvió a animarse con la vida. Insistía en que volvería a los escenarios. Por eso, todas las tardes, del ala de pacientes de sida del Cardinal Cooke brotaba una voz frágil que entonaba las canciones de siempre.

Pero la muerte ya había pasado su factura de cobro. No sólo era el sida: desde su caída en San Juan, tenía una herida en una pierna que no le cerraba porque era diabético. Así, en medio de temas de salsa que ahora sonaban lúgubres, el Cantante de los Cantantes fue perdiendo su batalla con la muerte; una batalla que había comenzado mucho tiempo atrás y que él debió haber perdido mucho antes. Pero no. Héctor Lavoe , el Rey de la Puntualidad, el mismo que hizo esperar multitudes ansiosas durante toda una década en el mundo entero, también llegó tarde a su cita con la muerte.
IX. EL DIA DE MI SUERTE
Ahora me encuentro aquí en mi soledad
pensando qué de mi vida será.
No tengo sitio donde regresar
y tampoco a nadie quiero ocupar.
Si el destino me vuelve a traicionar
te juro que no puedo fracasar.
Estoy cansado de tanto esperar,
pero estoy seguro que mi suerte cambiará,
¿y cuándo será?
X. LA ENTREVISTA (Apartes de la entrevista con Héctor Lavoe publicada en El Heraldo el 2 de agosto de 1986.)
EH) ¿La salsa está en decadencia? 
HL) No hay decadencia, mira: cuando empezó la salsa salieron veinte mil grupos de salsa. Ahora la salsa se ha hecho un business que a mí no me gusta; se ha hecho un business de lucro.
EH) ¿Pero no cree usted que la juventud latinoamericana se ha alejado de la salsa? 
HL) Mira mano, lo que pasa es que ahora mismo la salsa está en un bache y tiene que salir un títere como el hijo mío, Héctor Lavoe Jr. A ese tipo yo lo voy a poner a cantar salsa en inglés porque canta lindo; él me da tres patadas a mí. Y va a tener que ponerse los pantalones bien puestos porque yo voy a salir a cantar salsa en inglés antes que él.
Y no tengo que hacerlo porque hay más latinos que americanos pa' que lo sepas. ¿Tú sabes cuántos mexicanos hay? ¿Sabes qué grande es Colombia, Panamá, Bolivia? Todos esos países hablan español. Pa' qué tenemos que ir a un público americano, si ya ellos tienen demasiaos americanos bueno, porque los americanos que cantan son buenísimos. ¿Pa' qué nosotros vamos a invadil ese territorio? ¡Que se vayan al carajo!
EH) ¿Cómo explica su carisma? 
HL) Yo miro a la gente primero y así siento vibraciones. Yo soy una persona que a mí tú no puedes odial; a mí tú tienes que querelme.



XI. EL CANTANTE 
Me pára siempre en la calle
mucha gente que comenta:
'Oye Héctor, tú estás hecho
siempre con hembras y en fiestas'.
Y nadie pregunta si sufro si lloro
si llevo una pena que duele muy hondo.
XII. LA CÁMARA
Plano abierto a la iglesia de Santa Cecilia de Manhattan. A través de la puerta principal varios hombres sacan el ataúd, que está cubierto con la bandera puertorriqueña, mientras alcanza a entreverse una llovizna leve. Se produce entonces un paneo lento hacia el otro lado de la calle, donde una multitud es mantenida a raya por la policía. La multitud comienza a agitar pañuelos blancos, al tiempo que grita: «¡Héctor, Héctor, el cielo está llorando!».
XIII. MI GENTE
Mi gente
lo más grande de este mundo
la que me hace sentir
un orgullo profundo.
XIV. LA ENCUESTA

«Un orgullo profundo. Ese era él. Eso era lo que él sentía». (Puertorriqueño en Orchard Beach, hablando de Héctor Lavoe al día siguiente del funeral, mientras escuchaba la canción «Mi gente» a todo volumen en una enorme grabadora.)

«Hoy el pueblo está llorando, pero en el cielo tiene que haber un party , porque se murió el cantante de los cantantes». (Cubano a las puertas de la iglesia, poco antes de la salida del ataúd).

«Me da tristeza porque murió como murió y nadie lo acompañó. Por eso lloro y bailo, y lo amaré toda la vida». (Prostituta dominicana toda vestida de blanco, que bailaba frenéticamente al lado del ataúd, durante el recorrido hacia el cementerio).

«Porque como él lo dijo, no quiso que los hipócritas lo lloraran. Pues aquí está el pueblo, el barrio, los que de verdad lo queríamos». (Dama puertorriqueña respondiendo a la pregunta de «¿por qué nadie llora en este funeral?»).

«¡El Cantante de los Cantantes vivirá, vivirá!». (Ciclista colombiano uniformado que jamás apartó su mano de la carroza fúnebre.)

«El fue felicidad, yo creo que él fue felicidad. Ahora está con el señor allá arriba». (Puertorriqueño que lanzaba golpes de boxeo al aire mientras el ataúd bajaba al sepulcro.