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miércoles, 24 de junio de 2015

Ancianas con fetos momificados en su vientre desde hace medio siglo - Incluye video

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El mundo no deja de sorprendernos, sobre todo en materia fenómenos relacionados con la salud humana. Constantemente vemos noticias de personas a quienes les han extraído grandes tumores o que han permanecido por décadas en estado de coma. 
Ahora nos llega una noticia desde una ciudad costera de Chile, donde precisamente se realiza la Copa América de Fútbol, que se lleva el trofeo más grande en materia de hechos increíbles relacionados con la salud. 
Este suceso fue dado a conocer inicialmente por el periódico El Líder, de San Antonio, una comuna y ciudad chilena ubicada en la Provincia de San Antonio, Región de Valparaíso a orillas del océano pacífico.
Oficialmente, Estela Meléndez tiene 92 años. Extraoficialmente -ya que fue inscrita a los 17-, está por cumplir 110. Y por más de 60 ha cargado un extraño bulto en su vientre.  Uno por el que, alega, nadie le hizo caso. 
Pero esta semana el temor que la acompañó por años fue confirmado: los doctores no realizaron bien un raspaje de un bebé que perdió hace más de 60 años y el feto se quedó con ella, para siempre. Estela, una humilde dueña de casa de un pueblo en la costa central de Chile, no sabía que el bulto en su vientre era un bebé.
Lo que en su momento parecía un procedimiento habitual entre los galenos del Hospital Claudio Vicuña, de San Antonio, con una accidentada anciana de 92 abriles, se convirtió en un noticionón a nivel nacional y mundial luego de que los doctores comprobaran que la nonagenaria llevaba en su vientre ni más ni menos que un feto momificado.
Ella sólo supo que se sintió mal.
"La llevaron al hospital Claudio Vicuña, le dijeron que tenía cáncer y la operaron de cáncer. Y nunca le dijeron que lo que tenía era una guagua (bebé). Y ahí se quedó con eso adentro", cuenta Luis, su hermano menor.
Luis tiene 62 años y asegura que desde que tiene uso de razón, Estela tenía la protuberancia en su abdomen.
La protuberancia siguió allí por años de años.
Hasta que el martes pasado, gracias a un golpe en su codo, Estela fue finalmente diagnosticada con un feto momificado en su vientre.
En otras palabras, un feto muerto que se quedó cada vez con menos sangre y sus tejidos comenzaron a disecarse.
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Dolor de codo
A pesar de su avanzada edad, y de la verdadera pelota que cargaba en su abdomen, Estela vivía en su casa, lúcida y activa.
Sin embargo, por sus problemas de presión la anciana sufrió una caída, se golpeó el codo y la llevaron al servicio de Urgencias del hospital regional, a unos 80 kilómetros del pueblo donde vive.
La doctora que la atendió, en el mismo hospital donde Estela dice haber sido operada de cáncer varias décadas atrás, se topó con una sorpresa.
"Le destapó la guatita (vientre) y se la vio. La doctora quedó sorprendida. 'Esta señora está embarazada', dijo. 'Llévamela al tiro (de inmediato) a que le saquen otra radiografía'", cuenta Luis, quien la acompañó en el viaje.
"Cuando un adulto mayor sufre una caída se toma una radiografía de cadera, para descartar fractura de pelvis. Al hacerla apareció una imagen que es propia de la columna vertebral de un feto", explica Dagoberto Duarte, director del Servicio de Salud Valparaíso-San Antonio.
Sin embargo, ante el descubrimiento, Luis asegura que en el hospital se negaron a entregarle copia de la radiografía o el scanner. "Me dijeron que era algo así como privado", asegura. 
Antecedentes contradictorios
El caso de Estela Meléndez, dado a conocer inicialmente por el periódico El Líder, de San Antonio, ha sido un "hallazgo" para las autoridades de salud chilenas.
"No habían antecedentes previos de su historia conocida de algo como esto", asegura Duarte.
La autoridad médica asegura que no tiene antecedentes de que la paciente haya sido operada de cáncer ni que existan exámenes anteriores con el diagnóstico.
"Es una paciente asintomática", explica.
Sin embargo, los Meléndez aseguran que el "cáncer" que tuvo Estela hace más de 60 años era en realidad este embarazo. Y que en la década de 1980 se le realizaron radiografías en el consultorio local donde se vio lo que tenía.
"Los del consultorio de Navidad sabían. Sí sabían, pero no quisieron hacer nada", denuncia Luis.
Según los datos que maneja Duarte, el feto tenía unas 30 semanas de gestación y pesaba alrededor de dos kilos. Era un embarazo abdominal, con el embrión implantado fuera del útero.
"Ella ha vivido siempre con problemas por este tema. Tiene una pierna más corta por el peso y no puede orinar bien. Antes incluso tenía que orinar acostada", le dice Luis Meléndez a BBC Mundo.
Sin embargo, dada su avanzada edad, una cirugía ahora podría ser más contraproducente que efectiva, por lo arraigado del feto momificado en el organismo de la anciana.
El Servicio de Salud está evaluando los próximos pasos a seguir, aunque por ahora no han formado una comisión médica. "Lo más importante acá es la persona, que es el centro de todo esto. Todas las resoluciones tienen que tomarse pensando en lo mejor para ella", aseguran las autoridades médicas de la región.
Luis está de acuerdo: lo importante hoy es Estela.
Sin embargo asegura que los únicos que se le han acercado son los funcionarios del mismo consultorio de toda la vida, donde según Luis siempre supieron del mal de Estela. Ninguna autoridad regional ni nacional se ha contactado con ellos.
Por otro lado, en Brasil también se descubrió un caso de una anciana de 84 años que mantuvo en su vientre un feto de siete meses en estado fósil, tal como lo relata el siguiente video:

martes, 26 de mayo de 2015

¡Qué vaina, Diomedes! Te empeñaste en no morir de viejo - Incluye videos

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Juan Carlos Rueda, autor de esta crónica, publicada en la revista Latitud, de El Heraldo, junto a Diomedes Díaz, en 1993.
El día que nos conocimos, en los albores del Festival Vallenato de 1977, te dije que estabas irremediablemente condenado a la fama, como todos los que tienen iniciales repetidas en su nombre: como Robert Redford, Brigitte Bardot, Marilyn Monroe, Belisario Betancur, Marcel Marceau y Rosendo Romero.
Me dijiste: ¡Hey!, mucha vaina buena, ¿de dónde carajo sacaste eso? La verdad es que ni yo mismo lo sabía. Simplemente se me ocurrió como una estrategia para congraciarme contigo en momentos en que atravesaba una situación difícil después de una aventura artística en la que me había embarcado Israel Romero para sacar adelante la carrera de un hermano suyo.
La verdad es que te caí bien y me convertí en el presentador de tu conjunto, ese que liderabas al lado del acordeonista Elberto El Debe López, respaldados por los veteranos músicos de los legendarios Hermanos López, que estaban vacantes y, además de su sapiencia, aportaron su entusiasmo y hasta los viejos uniformes bota ancha a cuadros, como mantel de fritanga, como nos mamaba gallo la gente.
Tocamos los primeros cuatro bailes en la famosa Caseta Matecaña, a cinco mil pesos cada uno; veinte mil pesos por cuatro días, mientras los Hermanos Zuleta, con quienes alternamos, cobraban ocho veces más: cuarenta mil por cada noche. Pero, quién dijo miedo. Lo importante era estar en la mejor caseta y aprovechar el impacto de Tres canciones, Cristina Isabel y El arbolito, los temas que se apoderaron de las emisoras, los picós y, sobre todo, el gusto de la gente, que apenas te conocía por la canción Cariñito de mi vida, que te habían grabado Rafael Orozco y Emilio Oviedo, y por el fugaz éxito de El chanchullito, de tu autoría, que grabaste con el rey vallenato Náfer Durán.
Justamente, en esta canción está el verso que desde hace muchos años me retumba en la cabeza:
“Como los dos nos queremos
nos unimos prontamente
si no nos mata una peste
nos vamo’ a morí’ de viejos”.
Pero tú te empeñaste en llevarle la contraria a ese hermoso verso costumbrista que salió de tu alma de juglar en ciernes cuando aún eras adolescente.
Y quien menos podía pensar que caerías en las garras de la maldita droga era justamente yo, que fui testigo de excepción de un hecho que los dos mantuvimos en secreto y que solo ahora, con el dolor que me produce tu muerte física, siento que debo contar, sobre todo para que quienes te han estigmatizado, sepan que alguna vez te enfrentaste con éxito a ese monstruo, aunque al final terminó atrapándote en sus garras y devorándote ante la mirada impotente de tus hijos, que hubieran dado su vida por salvarte, y para otros que solo vieron en ti una máquina de hacer dinero, un bolsillo roto del que salían montones de billetes, para que sientan al menos un poquito de remordimiento. Pero lo dudo, porque esas sanguijuelas voraces no tienen ni un ápice de conciencia o sensibilidad humana.
Fue el sábado 7 de mayo de 1977, en la caseta Apolo de Barrancas, adonde fuimos a tocar el séptimo baile de esa semana, en medio de la fiebre diomedística que empezaba a calentar el ambiente de la música vallenata y que ha mantenido el termómetro en rojo hasta el presente y seguramente lo reventará gracias al morbo que ha producido tu fallecimiento.
Eran las dos y media de la mañana y nos preparábamos para subir a la tarima a tocar la última de seis tandas cuando me dijiste: “Juanca, hazme el dos al baño’, como coloquialmente le pedimos a alguien que nos acompañe a orinar.
Estábamos en el orinal de la caseta, tú en un extremo y yo en el otro, cuando entró un joven que, al reconocerte, te felicitó y te pidió que cantaras, por enésima vez, el tema Tres canciones.
Le dijiste que estabas agotado y ronco, que ya habías cantado esa canción muchas veces esa noche, que lo disculparas. Entonces el muchacho se remangó la bota del pantalón y sacó de la media un frasquito repleto de polvo blanco, introdujo una llave, sacó un poco del contenido y dirigió la mano hacia tu cara mientras decía: “eso no es problema, primo, métase un pericazo pa’ que vea como coge impulso otra vez”…
Tu reacción me desconcertó por lo rápida y violenta a la vez: pocas veces he visto una trompada tan fuerte y certera, tanto, que el joven cayó privado en el instante. De inmediato salimos corriendo del orinal hacia la tarima y solo con mirarnos hicimos el pacto de mantener ese hecho en secreto.
Trabajé contigo unos meses más, cumpliendo una agenda de compromisos que nos llevó a imponer un récord que se mantiene vigente: 23 presentaciones seguidas, tocando  todos los días de la semana en diversos lugares de la geografía caribe, viajando en bus, chalupa, tractor, camión, en burro y hasta a pie por inhóspitos lodazales para complacer a esa fanaticada que no paraba de crecer.
Pero empezaste a cambiar. De una manera que nadie lo esperaba ni lo imaginaba. Ni tu familia, ni tus amigos de la infancia y juventud; ni nosotros, tus compañeros de grupo, que veíamos con asombro y preocupación cómo ya no viajabas en el bus del conjunto, no te alojabas en el mismo hotel con nosotros ni compartías los momentos previos a cada presentación sino que llegabas rodeado de un séquito de “nuevos amigos”, te sentabas con ellos, lejos de tus fieles escuderos; subías directamente al escenario, cantabas y, al terminar, bajabas raudo y partías con esos seres desconocidos que se acababan de subir al carro de tu fama y empezaron a conducir tu vida por oscuros caminos que te llevaron a un triste y prematuro final, a una edad en que deberías estar en la madurez de tu creatividad musical, disfrutando de tus hijos y nietos y de la adoración de tu fanaticada, conformada por miles de humildes seres humanos que durante 37 años esperaron con ansias cada 26 de mayo para celebrar por partida doble tu cumpleaños y tu nuevo disco.
Esos que empeñaban hasta la cédula para pagar una entrada a la caseta o al concierto donde te programaban, a riesgo de salir desolados porque cada vez, con más frecuencia, tus amigotes o las garras de la maldita droga y el alcohol te impedían llegar a complacer a quienes fueron y son la razón de ser de tu vida, tu música, tu historia y tu raza. ¿Por qué este año decidiste publicar tu disco, La vida del artista, con cinco meses de anticipación?,…¿acaso tenías un presentimiento fatal?
La última vez que nos vimos intenté, infructuosamente, como tantas veces, hacerte entrar en razón. Explicarte que me fui de tu lado por la misma razón que años más tarde lo hizo Colacho Mendoza: porque mi vida y la de los compañeros del conjunto siempre estaba en riesgo por tus continuos incumplimientos, con los cuales nos exponías a morir linchados a banquetazos o botellazos en una caseta o un estadio.
Fue cuando te dije que la prematura desaparición de tu tío Martín Maestre fue el inicio de tu muerte lenta, porque él era el único que te servía de polo a tierra, de eje conductor. Otra cosa hubiera pasado si Martín no muere. Y me diste la razón.


Ojalá te encuentres con él en el más allá para que le expliques por qué te empecinaste en ir en contra de tu propia poesía, de tu filosofía: por qué te empeñaste en no morir de viejo. Eso sí, cuídate del viejo Rafael María, tu padre, que se te adelantó en 2007, porque ese sí que te va a aquietar a punta de pencazos como lo hacía cuando eras un muchacho travieso.
Espero que tu vida, pasión y muerte se conviertan en tu gran obra póstuma y sirvas de espejo para que se miren ahí tus hijos, que están expuestos a los falsos aduladores, y todos los nuevos ídolos y pseudoídolos de la música, especialmente la vallenata, que ya se creen gallitos de pelea con apenas cuatro plumas.
Fuiste genial hasta para premonizar, en una entrevista con Ernesto McCausland, cómo sería tu funeral, igualito al de la mamá grande, el personaje de García Márquez: una gran feria donde se vendió de todo y hubo ríos de licor; donde tu fiel fanaticada te lloró con el alma porque fuiste el papá grande del vallenato.
Pero también imperó la banalidad, la frivolidad, el morbo. Y se escucharon declaraciones elogiosas, mojadas con lágrimas falsas, mientras las viudas se peleaban el derecho a darte el último beso. Y no faltó quien se apresurara a echar tierra encima de tu ataúd, tal vez porque nunca pudo hacerlo mientras reinaste en los escenarios.
Justo en este momento suena en la radio esa canción que te confió Romualdo Brito, Así es la vida, que grabaste con el magistral acordeón de Nicolás Colacho Mendoza:
Lo que es para uno le llega 
como mandado del cielo 
sea por bien o sea por mal 
a veces tamo’ en la buena 
otro’ están en la miseria 
muchos ríen por no llorar 
otros dicen que la vida 
es un mundo de misterio 
que siempre tiende a acabar. 
Religiones de mil pueblos 
curanderos de mil razas 
ciencias y filosofías 
vengo gravemente enfermo 
aquí traigo el alma mía 
vengo en busca de un remedio 
es un alma consecuente 
a veces conmovedora 
y con algunos pecados
es de un hombre enamorado 
que está desesperanzado 
y sufre terriblemente.
Por ejemplo, ahora yo vivo 
cual náufrago en alta mar 
que tiene cerca el navío 
que ya lo vino a alcanzar.
Pero no pudo llegar 
porque alguien se lo ha impedido
Y así es la vida, Miguel 
así es la vida, José 
así es la vida, Colacho 
así es la vida...… 
Creo que así viviste la mayor parte de tu existencia, cual náufrago en alta mar. Paz en tu tumba, y gracias por permitirme estar cerca de ti, aunque fugazmente.