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martes, 24 de junio de 2014

Una bella mujer que merece todo nuestro apoyo

Invito a los lectores y lectoras de este blog a apoyar a Lidia, 
votando para que gane el Concurso Chica Miércoles, de El Heraldo.



Lidia Esther Márquez Pérez, orgullosa descendiente de San Basilio de Palenque, no tenía entre sus planes dedicarse al modelaje. Es que esta bella mujer, de apenas veinte años ya está terminando la carrera de contaduría, trabaja en dos colegios como profesora de inglés y como si fuera poco, ya va en tercer semestre de derecho.

Diariamente atraviesa el mapa de Barranquilla en bus desde el barrio Soledad 2.000 para estar a tiempo en la Universidad del Atlántico y al salir de clases, emprende el recorrido a la inversa para desarrollar su labor docente.
Tal vez por eso no le queda tiempo para tener novio pero sí saca de vez en cuando un rato para divertirse con su familia y sus amigos.

Vive orgullosa de su raza guerrera y de la cultura palenquera, de la cual conoce mucho porque le encanta investigar sobre sus ancestros. Entre sus ascendientes de San Basilio de Palenque está su tío abuelo Evaristo Márquez, actor coprotagonista junto a Marlon Brando, de la película Quemada, que se rodó hace 40 años en Cartagena bajó la dirección de Gilio Pontecorvo.
Aunque en pocas fotos publicadas en la revista Miércoles, de El Heraldo se le ve muy seria, su sonrisa y sus ojos iluminan todos los espacios por donde transita.



miércoles, 28 de agosto de 2013

Clemente Echeverría 'El guardián de la iconografía popular'

Algunos hechos de la singular historia de este hombre atrapado por el surrealismo de la vida cotidiana,  narrados en su propia voz. 


Ver la versión escrita de esta historia aquí

Una videocrónica de Juan Carlos Rueda y Kyara Carolina

martes, 27 de agosto de 2013

Árbol de San Marcos, un equívoco monumental

15 metros de perímetro, aproximadamente, tiene el tronco central de este árbol que para muchos debería llamarse 'El caucho de San Marcos'. 



Mira la crónica del video aquí 

domingo, 25 de agosto de 2013

Clemente Echeverría, el guardián de la iconografía popular


Textos y Fotos por Juan Carlos Rueda Gómez 
vamosenmovimiento@gmail.com

Especial para Revista Latitud de EL HERALDO



Clemente Echeverría Llanos, a la entrada de su casa museo, en Sincelejo. Es hijo del célebre intelectual Vidal Echeverría, quien vivió en Galapa, Atlántico.

No soy de dedito parado sino de pata alzada”, le dice a manera de disculpa a todo el que llega a la vieja casona del barrio Pasacorriendo, de Sincelejo, a comprarle o venderle antigüedades. Es la justificación que da Clemente Echeverría Llanos a su particular manera de montar la pierna izquierda en un banco de madera, a la altura del corazón, para que la sangre fluya normalmente y evitar que se acentúen las secuelas de la tromboflebitis que sufrió hace veinte años y le impide permanecer de pies por más de diez minutos.

Podría durar semanas enteras hablando de sus correrías por pueblos, caseríos y veredas buscando objetos viejos o en desuso, a los que sus dueños remplazaron por otros más modernos, pero que para él tienen un valor inmenso, más que comercial, cultural, porque si algo sabe Clemente Echeverría Llanos es definir qué incidencia en la vida de los habitantes de cada región colombiana tuvo cada utensilio, aparato o pieza arquitectónica, venidos a menos por el avasallante paso de la modernidad, que se convirtieron en estorbo o terminaron en la oscuridad de ese indigno lugar llamado popularmente ‘El cuarto de San Alejo’. Y lo enfatiza diciendo: “Casi todo ha sido remplazado por el vulgar y detestable plástico”.

Espadas de hierro, forjadas en yunque, a golpe de martillo, utilizadas durante
 la guerra de independencia de Colombia a comienzos de 1800.
 Con ellas, Clemente parece proteger su casa museo

Su conversación no aburre, por el contrario, fascina escucharle hablar con pasión, propiedad y buen lenguaje, de cosas tan simples como la utilidad que tuvo en su momento una olleta de bronce fundido para hacer chocolate, usada hace 170 años en Santa Fe de Bogotá, cuando la vasijas de barro empezaban a ser desplazadas.

Desde los albores de su adolescencia se ha dedicado a una tarea que debería hacer el estado: rescatar y preservar la memoria histórica y cultural contenida en miles de objetos utilizados a lo largo del tiempo en la vida cotidiana. Lamenta no haber tenido el tiempo ni la disciplina para hacer una documentación técnica y legarla a las nuevas generaciones. Pero aún hay tiempo. Él mismo es un documento vivo, una biblioteca, un tratado de lo que podríamos denominar cultura de la objetología popular.


Empezó a en 1960, aupado por su padre, Vidal Echeverría, el insigne poeta, pintor y pensador surrealista, quien lo mandaba a recorrer los pueblos en busca de antigüedades para su colección privada, que de vez en cuando menguaba vendiéndoles piezas valiosas a sus amigos ilustres, como Julio Mario Santo Domingo o Álvaro Cepeda Samudio, solo para sobrevivir, nunca como ejercicio comercial.


Vidal Echeverría, poeta del grupo Barranquilla


“Mi padre fue miembro activo del Grupo de Barranquilla, era el único poeta”, recuerda Clemente, mientras reacomoda su pierna enferma en el butacón. Lo que pasa es que a él no le gustaba figurar. Uno de sus grandes amigos era Cepeda Samudio. “Recuerdo que muchas veces, cuando los fondos de mi papá eran escasos, yo pasaba por la oficina del escritor y siempre me daba para una suculenta merienda”, dice con una mezcla de nostalgia y alegría, evocando la Barranquilla donde nació el 8 de enero de 1946, de la que partió hace más de cuarenta años.

A Clemente Echeverría no le ha hecho falta inventarse un mundo surrealista como lo hizo su padre, Vidal. El surrealismo le ha tocado vivirlo irremediablemente. Mientras su padre vivía inmerso en sus fantasías, hablando y pensando como español, lo que incluía girar dinero para ayudar la causa antifranquista en la guerra Civil Española de finales de los treinta, a Clemente le bastó comenzar a recorrer el universo caribe para sumergirse en escenarios irreales pero a la vez tangibles, de los que inexorablemente quedó impregnado y se le nota en su forma de expresarse, con verbo rico, fluido, y generalmente con una carga de amargura y humor cáustico, del que no escapan gobernantes, amigos ni familiares.

Fernando Echeverría, hijo de Clemente, restaurando
una olleta de bronce fabricada en 1840

Un saqueador de tumbas quería tumbarlo
“ Cuando decidí independizarme de mi padre, me fui a un pueblo que no puedo nombrar, para evitar problemas. Me habían dicho que allí había guaqueros de tumbas indígenas con los que podría conseguir objetos valiosos. Me alojé en un viejo hotelucho, atendido por un joven muy amable a quien le conté el motivo de mi visita. Me dijo que me conseguiría piezas valiosas, que él iría a una guaca que nadie más conocía. A eso de las tres de la mañana me despertó con sigilo para mostrarme el contenido de dos sacos que empezó a vaciar en el piso de la habitación. Quedé estupefacto al ver varias calaveras que se desparramaron a mis pies, en medio de un hedor insoportable.

Me mostraba los cráneos y me señalaba algunos dientes de oro, haciéndome ver que eran piezas valiosas. Obviamente, el tipo se había ido al cementerio del pueblo a profanar tumbas y me estaba haciendo cómplice de un delito. Le recordé que yo buscaba objetos indígenas, piezas con valor cultural, histórico y el avivato me dice: ¿Y esto qué es,…no ve que aquí todos somos indios?

Entré en pánico y de inmediato me fui al puerto y me devolví en la primera canoa que salió. A los pocos días salió en los periódicos la noticia sobre la profanación de tumbas en ese pueblo, entre ellas, la de la madre del alcalde. Afortunadamente allí nadie sabía mi nombre, si no, hubiera terminado en la cárcel”.

Encontró una santa de carne y hueso. 
A finales de la década de 1960, Clemente Echeverría se había especializado en conseguir santos de la época de la colonia tallados en madera, que eran muy bien pagados por los coleccionistas. En una de esas correrías terminó en San Andrés de Sotavento, Córdoba, enclave indígena zenú y allí encontró una santa de carne y hueso, Almeria Martínez, con quien formó su hogar y tuvo once hijos. Continuó con su oficio pero poco a poco la gran casona de madera donde vivían se convirtió en una especie de museo que fue adquiriendo fama a nivel regional y nacional, al cual llegaban personas interesadas en obtener piezas pero también antropólogos, sociólogos investigadores y estudiantes que hacían excursiones para conocer todo lo que allí había y a la vez nutrirse de los conocimientos del Loquito Clemente, como muchos le llamaban, porque no entendían que alguien se dedicara a esas actividades sin apoyo del estado. Incluso, hubo quienes se granjearon su amistad, con astucia de culebreros, para sustraerle piezas valiosas.

Vuelve a arroparlo el surrealismo.

Una pequeña muestra de los disímiles objetos del guardián de
la iconografía popular

“Sin proponérmelo, mi hogar se convirtió en el centro cultural que no tenía el pueblo”, afirma Echeverría. “Cuando crearon el cargo de Director de la Casa de la Cultura, pero sin construir una sede, me postularon para el puesto, con la condición de que aportara todo lo que tenía: mi casa, mi museo y mi biblioteca. Yo acepté a pesar de que solo pagaban el salario mínimo. Pero lo recibí como un reconocimiento. Me convertí en el primer director de una Casa de la Cultura en el mundo con centro cultural incorporado”, dice con marcada ironía.

“Pero lo más sui géneris de mi caso no termina ahí. A los pocos meses hubo unos movimientos politiqueros que terminaron con mi destitución y la designación de un remplazo. ¿Y a quién nombraron? ¡A un chofer de camión! Muy honorable, por cierto, pero que escasamente sabía leer y escribir. No contentos con eso, pretendían que ese señor despachara en mi casa, desempeñando una labor de la que no tenía ni la más remota idea. Es decir, que además de quitarme el cargo y el mísero sueldo, yo siguiera prestando lo que mi familia y yo habíamos logrado con tanto esfuerzo para que el municipio siguiera teniendo una flamante ‘Casa de la Cultura’, sin que les costara nada. Vidal, mi padre, creaba situaciones surrealistas. A mí me persiguen y me atrapan”, concluye con un dejo de resignación.

Máquina de escribir "Continental",
fabricada en 1890. Junto a una
 acuarela pintada por Vidal Echeverría


Sánchez Juliao lo reivindicó. 
A comienzos de 1990, Clemente se enteró de que el escritor David Sánchez Juliao estaba liderando un movimiento para el recate de la identidad cultural del caribe y de inmediato le mandó un telegrama invitándolo a San Andrés de Sotavento. Sánchez Juliao no solo aceptó sino que ofreció hacer un conversatorio gratis, que se convirtió en un acto multitudinario, con presencia del alcalde José Joaquín Ortiz. Antes de la charla, el escritor visitó la casa museo de Clemente y su familia, quedando impresionado con todo lo que vio allí y a la vez desconcertado por la injusticia que se estaba cometiendo. Al dar inicio al evento, lo primero que hizo fue hablar durante varios minutos de la gran labor de Clemente en beneficio de la cultura del Caribe y, frente a todos los asistentes, prácticamente le exigió al alcalde Ortiz que enmendara el error, lo cual fue aceptado, restituyendo en el cargo ante el aplauso general. Pero fue solo por unos meses. Esa fue una de las razones que lo obligaron a mudarse a Sincelejo, donde le es más fácil conseguir clientes.

“David Sánchez Juliao valoró como nadie mi trabajo", recuerda Echeverría.
“Gracias a él y a la gestora cultural Yelena Fuentes Urzola pude hacer una exposición en un encuentro que se realizó en Toluviejo. He tenido ofertas para seguir llevando mi museo a otros lugares pero me parece arriesgado porque tengo piezas muy valiosas que debo cuidar. Una de las piezas que más lamento haber vendido es el hierro con que marcaban el ganado del Cristo de la Villa de San Benito Abad. Es la prueba viva de cómo la fe movía no solo montañas sino grandes manadas de reses que los creyentes llevaban como ofrenda, y que convirtieron al Cristo Milagroso en poseedor de uno de los hatos más grandes de que se tenga memoria en Sucre y que nunca se supo en manos de quién quedó”, concluye, mientras se dispone a atender a una señora que insiste en comprarle una Victrola RCA Víctor, fabricada en 1906, de la que Clemente no quiere desprenderse porque en ella reproduce diariamente lo mejor de su colección de discos de 78 revoluciones por minuto, que tampoco están a la venta.



domingo, 11 de agosto de 2013

El árbol de San Marcos, un equívoco monumental


Textos y Fotos por Juan Carlos Rueda Gómez -
Especial para Revista Latitud de EL HERALDO




A lo lejos parece una loma o colina que destaca en la inmensa planicie donde está enclavado el municipio de San Marcos, Sucre.

Es el primer equívoco que surge, pero se desmiente rápidamente porque al acercarse empieza a configurarse su majestuosidad vegetal, que supera los treinta metros de altura, con ochenta y dos de diámetro y doscientos cincuenta y tres de circunferencia, que permitiría albergar a más de cuatrocientas personas bajo su frondoso follaje.

Un árbol con nombre de garza
El segundo error se les induce a los numerosos visitantes que diariamente llegan a conocerlo, con el cartel pintado a mano y colgado en una cerca de alambre de púas a la entrada de la finca donde está ubicado, el cual reza: “Árbol Guacarí - $1.000 la entrada”. Ese nombre surgió de una apreciación errónea que la gente se encargó de divulgar porque alguien dijo que este hermoso e imponente árbol es el que aparece en la moneda de $500, emitida por el Banco de la República en 1993. Pero en realidad, la imagen de la moneda es un grabado del artista caldense David Manzur, en homenaje al samán ubicado en el municipio de Guacarí, Valle.

Eso ha hecho que se divulgue mucha información con un nombre falso para un árbol verdadero, lo cual se puede comprobar al hacer una búsqueda en internet, donde aparecen muchos resultados refiriéndose al árbol de San Marcos, Sucre, como el “Árbol de Guacarí”. Textos, fotos y videos se han confabulado para propagar una denominación falsa. Es más, no existe ninguna especie vegetal llamada guacarí, que realmente es el nombre indígena de una garza y de una princesa aborigen del occidente colombiano.

Llama la atención que muchos han incurrido en el error sin detenerse a comprobar la veracidad de lo que es un infundio, y han tomado el vocablo “Guacarí” para nombrar almacenes, discotecas y hasta una institución prestadora de salud.

Como si fuera poco, el equívoco ya traspasó las fronteras de la realidad para entrar al mundo de la ficción. El Festival Internacional de Cine de Montería, que ya lleva cuatro ediciones, entrega un premio denominado ¡Árbol de Guacarí!...representado en una estatuilla del árbol de San Marcos.


Cuando el escritor y cineasta Juan Carlos Ensuncho De La Bárcena, nacido en San Marcos, le contó la verdad a al actor vallecaucano Jorge Herrera, este respondió: “No hay necesidad de cambiarle el nombre al premio porque no exista el guacarí, al fin y al cabo es el premio de un festival de cine, es ficción”.

No es un solo árbol, son seis en uno solo. 

Ensuncho De La Bárcena, quien ha realizado numerosos cortometrajes y documentales y se autodefine como cineasta rural, ha emprendido una campaña a través de diversos medios para contar la verdad sobre el que los sanmarqueros consideran “El árbol más hermoso del mundo”.

“Mis primeros pasos van encaminados a que mis paisanos tomen conciencia de la importancia de este monumento natural, que definitivamente debe llamarse “El caucho de San Marcos” y no “Árbol de Guacarí”, y que desde su origen tomó un rumbo distinto al que se propuso el dueño de la finca Alejandría –ubicada en el kilómetro 38 de la carretera que lleva de El Viajano a San Marcos, donde está plantado–, don Gamaliel Carriazo, quien en noviembre de 1964 le pidió a Rafael Suárez, uno de sus trabajadores, plantar un árbol de iguá o cedro amarillo, especie maderable muy frondosa, para darle sombra a una pequeña laguna destinada a su cría de patos.

En el lugar donde obtuvieron la plántula de iguá, acababan de podar un árbol de caucho y don Gamaliel decidió traer seis puntales para hacerle una especie de corral o cerco con el fin de evitar que las vacas y los carneros se la comieran. Pues bien, continúa Ensuncho De La Bárcena, cuando la mata de iguá empezó a crecer también lo hicieron los puntales de caucho, pero estos, por ser más grandes, terminaron arropando y absorbiendo, devorando realmente al arbolito que debían proteger”.

Las razones de este fenómeno las explica el ingeniero forestal de Corpomojana Giovanni Delgado, quien cuenta que luego de varios estudios llegaron a la conclusión que es una planta del género Ficus, especie: Ficus Áurea; reino: Plantae; orden: Rosales; nombre común: Higo o caucho, este último por el látex que emana cuando se le hace algún corte.



Otro mito que se derrumba, el caucho de San Marcos sí se reproduce, como es una plata parásita, hay que sembrarla al lado de otra para que le ayude a crecer. En la finca Alejandría, venden las plántulas a $2.000
Además es una planta parásita, es decir, se aprovecha de otra para alimentarse y acaba devorando a la benefactora. Tal vez los puntales de caucho, una vez devoraron la mata de iguá, se trenzaron en una lucha caníbal y terminaron fortaleciéndose unos a otros hasta que por fin decidieron integrarse en un solo tronco que adquirió la monumentalidad que ostenta hoy.
Corpomojana está en conversaciones con los actuales dueños del predio para elevar este árbol a una categoría especial y brindarle los cuidados necesarios para que perdure y se oficialice lo que ya han decidido los habitantes de este municipio, puerta de entrada a la región de La Mojana: este es el “Árbol emblemático de San Marcos”.



Cual brazos gigantes, las ramas parecen querer abrigar al visitante y al cielo mismo.
Magia palpable bajo sus ramas

Lo que sí es absolutamente cierto es la imponente belleza de esta maravilla de la naturaleza. A medida que uno se va acercando a esa mole vegetal se tiene la sensación del propio empequeñecimiento hasta sentirse minúsculo, diminuto, casi insignificante ante este gigante.

Tiene una especie de entrada natural que semeja la de una caverna, pero al trasponerla se tiene la impresión de estar ingresando a una catedral diseñada por el arquitecto catalán Antonio Gaudí.

Las formas caprichosas que el tiempo le ha ido dando a las ramas simulan inmensos brazos que se abren para acoger al visitante, pero se sabe de personas que salieron corriendo, sobrecogidas, impresionadas con la idea de que esas extremidades gigantes terminarían aprisionándolas e impidiéndoles salir.

Es imposible para el ojo humano codificar y almacenar ordenadamente en la memoria la multiplicidad de figuras que se han formado caprichosamente al entrecruzarse las ramificaciones del follaje.
A medida que se avanza hacia el tronco central se toma conciencia de estar en un recinto sagrado, con atmósfera y temperatura únicas, diferentes, de gratificante frescura, muy distintas a las que hay en el exterior de esta nave a la que ingresan muy pocos rayos del quemante sol sabanero.

Tiene la acústica de un teatro, y la mejor manera de notarla es manteniéndose en silencio para percibir el canto amplificado de los pájaros en una dimensión sonora solo comparable con un concierto de flautas en una sala musical.

Es difícil no querer quedarse allí por siempre para seguir disfrutando esa placentera sensación de paz y tranquilidad que lo desconecta a uno de toda la carga de preocupaciones o angustias que pudieran haber poblado nuestro cerebro unos minutos antes.

Cuando el visitante se recupera del sobrecogimiento y empieza a caminar alrededor del tronco principal, de más de quince metros de circunferencia, se aprecian cientos de raíces aéreas que empiezan a brotar de las ramas junto a otras más largas que se van acercando al suelo y muchas que ya llegaron a la tierra, se convirtieron en nuevos troncos que actúan como muletas para sostener la gigantesca estructura vegetal y se asemejan a las estalactitas de las grandes cuevas.

El misterioso pavo guardián

De pronto aparece un gran pavo real que expande un plumaje multicolor, iridiscente, casi enceguecedor. Dicen que es el guardián del árbol. Al notar la presencia humana se evade por entre la intricada maraña y ya no se le ve más, dejándonos con el deseo de tomarle una fotografía.

De pronto reaparece por pocos segundos y nuevamente nos hace fallar en el intento de perpetuar su imagen. Cuando surgió por tercera vez de entre el laberinto de raíces…¡la bendita cámara estaba descargada!

Al dar por terminada nuestra visita se derrumba el último mito sobre ‘El caucho de San Marcos’. Ese que cuenta que nunca se ha podido reproducir, ni por semillas ni por puntales. Heidy López, encargada de cobrar la entrada a los visitantes, nos ofrece por dos mil pesos una plántula recién nacida de una semilla de este árbol mítico, que ha germinado en una botella plástica de gaseosa. “Pero tiene que sembrarla al lado de otra mata para que se pegue de ella y pueda crecer, si no, se muere”, termina diciendo como última recomendación.

martes, 6 de agosto de 2013

Las abejas pueden tener mejor vida - Incluye video

"El día que muera la última abeja, comenzará el conteo regresivo para el fin de la especie humana" Albert Einstein
Textos y Fotos por Juan Carlos Rueda Gómez -

Especial para Revista Latitud de EL HERALDO

apis_mellifera_scutellata_abeja_africana_abejas_metodo_natural_permapicultura_vamosenmovimiento.blogspot.com
ABEJA APIS MELLIFERA SCUTELATTA, 
AFRICANIZADA, LA MAYOR PRODUCTORA DE MIEL
Los primeros españoles llegaron a América con el único propósito de explotar las riquezas naturales para llevar el producido a los Reyes Católicos a fin de amainar la crisis económica en que España estaba sumida.
Como los colonizadores necesitaban sacarles el máximo a las minas y las plantaciones, forzaban a los indígenas a trabajar en condiciones infrahumanas. Esto fue minando a la población nativa con la consecuente escasez de mano de obra, por lo cual recurrieron a los mercaderes portugueses y holandeses para que ‘cazaran’ despiadadamente a los africanos, a quienes los europeos calificaban de salvajes debido a su color de piel y por sus diferencias genotípicas y fenotípicas, menospreciando su condición de seres humanos inteligentes y su cosmogonía cultural.
En 1957, el biólogo, agrónomo y genetista brasileño de origen escocés Warwick Estevam Kerr, trajo de Tanzania, África, a Brasil, sesenta y tres abejas reinas de la especie Apis mellifera scutellata, reconocida por su alta productividad, pero también por su agresividad, para cruzarlas con las diferentes especies nativas y otras traídas de Europa, que son bastante pacíficas y dóciles, pero producen muy poca miel. Todo el proceso se realizaba en cautiverio, con extremas medidas para evitar que las reinas originales escaparan, es decir, al igual que a los esclavos, se les mantenía produciendo en condiciones de sometimiento.
Pero tal como sucedió con la raza africana, cuando en 1599 el esclavo Benkos Biohó dio el primer grito libertario de América al escapar de sus opresores, fundando años más tarde el palenque de San Basilio, primer pueblo libre del continente, las abejas africanas también consiguieron su ansiada libertad cuando, en 1957, por un descuido de un trabajador del laboratorio de Warwick Estevam Kerr, escaparon varios enjambres que se ubicaron en lugares cercanos y con el tiempo empezaron a hibridarse con las especies nativas, sin control alguno, extendiéndose por todo el continente, desde Brasil hasta los Estados Unidos. Lo mismo que sucedió con la raza africana, que se mezcló con la nativa aborigen y la blanca europea, haciendo valiosos aportes que hoy son de todos conocidos después de varios siglos de acrisolamiento genético.
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JOHN RIEDER GUERRA, APICULTOR UBICADO EN BARANOA, ATLÁNTICO, MOSTRANDO UN PANAL EN PROCESO DE LLENADO
Llegan las abejas africanizadas a Colombia
En 1964 se empezaron a detectar en Colombia las primeras abejas africanizadas, como se les denomina desde entonces a las que surgieron de la hibridación ocurrida en Brasil. Casualmente, ese año nació, en San Diego, Cesar, John Rieder Guerra, considerado hoy uno de los apicultores más innovadores de Suramérica. Arquitecto de profesión, Rieder Guerra se ha dedicado a mejorar empíricamente los métodos de producción apícola, con un proceso de involución, volviendo a los orígenes de la faena, es decir, permitiendo que sean las abejas las que hagan su trabajo, con muy poca intervención humana.
Las abejas son las que saben de apicultura 
Esto lo dice Rieder Guerra con la más absoluta convicción, la misma a la que llegó cuando confrontó sus investigaciones, realizadas en Baranoa y otros pueblos del departamento del Atlántico, con las del apicultor argentino Óscar Perone, quien sacudió la industria apícola al decir hace una década que las técnicas de producción industrializadas eran erróneas y se habían convertido en un factor negativo más para la disminución de la población de abejas del planeta.
A comienzos de la década de 1980, el padre de John Rieder, Mauricio Rieder Penas, tenía en su casa de San Diego unas colmenas de abejas italianas, completamente inofensivas, que, sin que nadie se percatara, fueron invadidas por abejas africanizadas.

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COLMENA GIGANTE, DESARROLLADA CON EL 
MÉTODO NATURAL O DE PERMAPICULTURA

Las nuevas inquilinas pronto fueron mayoría y empezaron a picar a quienes se acercaban, por lo cual resolvieron trasladarlas a una finca que tenían en las estribaciones de la Sierra Nevada. Allí fue notorio el incremento en la producción de miel, y John era el encargado de venderla de casa en casa en una carretilla."Así fue como empecé a sentir amor por la apicultura, cuenta Rieder Guerra, con su voz grave de locutor, que no tiene nada que envidiarle a la de su hermano de padre, el popular Mauricio Rieder Guao. Para mí era apasionante todo lo que tuviera que ver con el mundo de esas pequeñas criaturas que casi sin que nadie lo note producen uno de los alimentos más benéficos para la humanidad, pero que son poco valoradas por la mayoría de la gente y por el contrario, las han satanizado y estigmatizado como asesinas, simplemente porque somos pocos los que comprendemos su temperamento y las razones por la cuales, a veces, atacan a otros seres vivos”, dice John, sin ocultar emoción al hablar. Y es tanto el amor que siente por las abejas que ni siquiera un episodio lamentable, casi trágico, que ocurrió con las colmenas que su padre tenía en la finca logró disminuirlo. Al contrario, esto lo llevó a entenderlas más. Las cajas estaban en un potrero sin ninguna protección y nunca había sucedido nada malo, pero un día cualquiera un burro se recostó a una para rascarse y la tumbó.
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COLMENAR UBICADO EN UN BOSQUE RECUPERADO 
EN INMEDIACIONES DE BARANOA, ATLÁNTICO, COLOMBIA

De inmediato las abejas interpretaron eso como una agresión, se enfurecieron y empezaron a picar todo lo que se movía, produciendo un caos total y matando dos burros, trece gallinas y más de veinte palomas. Ante eso, don Mauricio roció con gasolina las colmenas y les prendió fuego.
“Me sentí muy mal. La pena me duró mucho tiempo, recuerda John. Eso me puso a pensar que unos seres que son capaces de crear con su laboriosidad algo tan exquisito, con tantas propiedades nutricionales como la miel, además de generar toda la vida vegetal, humana y animal del planeta con su trabajo de polinización no pueden ser malos, sino que tal vez no sabíamos convivir con ellos.
Hace un poco más de diez años, después de ejercer su profesión de arquitecto y tener la ganadería como hobby, luego de haber vivido en Estados Unidos decidió vender la finca y el ganado, aburrido por el abigeato, los altos costos de sostenimiento y la poca rentabilidad. “Entonces renació mi pasión por la apicultura. Me asocié con un experimentado en el tema, don Rafael Décola, en Baranoa, con quien aprendí mucho y en poco tiempo alcanzamos muy buenos niveles de producción. Pero siempre tenía la inquietud de innovar y no conformarme con las técnicas tradicionales, sobre todo porque veía que la población de abejas iba disminuyendo rápidamente”. Cuenta también que disolvieron la sociedad y decidió arriesgarse solo.
“Mi independencia comenzó con diez colmenas. Como no contaba con una extensión de tierra muy grande empecé a instalarlas en las fincas y parcelas de los amigos. Llegué a tener ochocientas, la mayor parte con el sistema tradicional de marcos y cera estampada, la llamada colmena Langstroth, creada hace 170 años y de eficiencia comprobada para el hombre, pero no muy buena para las abejas. Al mismo tiempo me dediqué a probar otros métodos y, aunque cometí errores, finalmente di con el sistema que considero más eficaz porque armoniza la productividad con la buena salud de las abejas en comunión con la naturaleza, y me ha permitido crear mi marca, Oromiel, que se comercializa a nivel nacional en varias cadenas de supermercados. Lo descubrí por accidente, las mismas abejas me lo enseñaron”, dice sonriente mientras recuerda el episodio que lo llevo al feliz hallazgo.
En una inspección que hizo a unas colmenas que tenía cerca de Cuatro Bocas, Tubará, el dueño de la parcela le pidió que sacara un enjambre que estaba dentro de un tanque metálico de 55 galones.
“Yo no quería y lo dilaté por varios meses, pero él me amenazó con que si no lo hacía me tocaba llevarme mis abejas, así que lo hice contra mi voluntad. Cuál sería mi sorpresa cuando encontré la más hermosa colonia que había visto jamás. Las abejas habían logrado algo casi mágico y de ese tanque saqué más de cien kilos de miel, sin haber utilizado los tradicionales marcos ni cera estampada (hábitat artificial). Ellas solitas habían logrado lo que todo apicultor sueña. Entonces decidí copiar el modelo haciendo cámaras de cría amplias, sin artificios, para que las abejas tengan un hábitat absolutamente privado, sin estar aprisionadas y sin que la mano del hombre intervenga ni las moleste. Ahí ellas se mueven libremente, a diferencia del sistema tradicional, donde el apicultor tiene que invadir la cámara de cría para extraer la miel, afectando la vida de las abejas”.

EL USO DE LAS ESTIBAS EN LA ELABORACIÓN DE LAS COLMENAS, ES IMPORTANTE, 
GRACIAS AL RECICLAJE DE ESTAS, SE PUEDE EVITAR UN POCO LA DEFORESTACIÓN
Explica que encima coloca cajas de apenas quince centímetros de altura donde ellas, por el poco espacio, no ponen crías, solo depositan la miel. “Así he llegado hasta a montar seis cajas de recolección y nunca tengo que abrir la cámara de cría, con lo cual ellas se mantienen tranquilas, no se estresan y son más productivas, con un rendimiento que casi duplica el del método tradicional. Además, como están aisladas, trabajan tranquilas y no atacan a nadie”.
Con cuidado
Pero no todo es alegría para este apasionado apicultor. Una gran preocupación lo embarga porque la vida moderna está atentando contra estos pequeños insectos que son indispensables para todas las formas de vida del planeta, ya que sin ellos no hay polinización, y ya hay casos, como ocurre en China, donde tienen que polinizar a mano porque la población de abejas se ha reducido dramáticamente debido al uso masivo de pesticidas, fungicidas y plaguicidas, que sumados a la deforestación están reduciendo criminalmente la población apícola.
Ante la escasez de flores silvestres, actualmente John Rieder está empezando a implementar un sistema de alimentación con jugo virgen de caña de azúcar que hasta ahora le ha dado muy buenos resultados en dos ambiciosos emprendimientos que adelanta en Santa Cruz, Atlántico, y El Carmen de Bolívar, que suman más de mil colmenas.

Pero sus abejas consentidas son las que tiene en un pequeño bosque de dos hectáreas que compró hace algunos años en cercanías de Baranoa y que no ha sido alterado por el hombre hace 50 años. Allí tiene 40 colmenas con sistema natural y no solo saca miel de excelente calidad sino que disfruta el placer de recuperar especies vegetales casi extinguidas, como el cotoprix, y darle un hábitat a especies animales que llegan allí acorraladas por la deforestación y la reducción de espacios adecuados para su supervivencia. Allí se respira un aire de tranquilidad absoluta, donde la armonía y la convivencia de la fauna y la flora es lo que predomina. Esto lo empezará a compartir próximamente con los amantes de la naturaleza con un programa de apiturismo, a través del cual quiere brindar no solo momentos de placer y relajación en medio del bosque sino sensibilizar a la gente sobre la importancia de estos insectos, tan injustamente tratados, para la preservación de la especie humana.
envasado_miel_natural_permapicultura_vamosenmovimiento.blogspot.com
ENVASANDO LA MIEL ORGÁNICA PRODUCIDA CON
EL MÉTODO DE LA PERMAPICULTURA, EN BARANOA
“Sin abejas no hay vida”, es su sentencia final. Algo similar dijo el físico Albert Einstein: “Cuando muera la última abeja, empezará el conteo regresivo para el final de la humanidad, y en menos de cinco años se extinguirá de la faz de la Tierra”.

domingo, 28 de julio de 2013

Historias de vida en un mercado que se niega a morir


Textos y Fotos por Juan Carlos Rueda Gómez -

Especial para Revista Latitud de EL HERALDO





Foto: José Cordero
Ni la desidia oficial ha podido acabarlo.
Hace cien años, mientras el escritor bengalí Rabindranath Tagore recibía el Premio Nobel de Literatura, el presidente de Colombia Carlos E. Restrepo creaba la Intendencia de San Andrés Islas y se destapaban las primeras botellas de Cerveza Águila, Escudo, Gallo Giro y San Nicolás en la recién estrenada planta ubicada a orillas del Caño de Arriba, a menos de doscientos metros se inauguraba el primer mercado especializado de Barranquilla y Colombia.
Era el flamante Mercado de Granos, ideado e impulsado por un grupo de hombres cívicos encabezados por don Tomás Suri Salcedo, con el propósito de crear un recinto especializado en el expendio de cereales y granos en general.
Fue diseñado por el arquitecto Ángel González del Real, muy ecléctico en su fachada, en la que se destacan los arcos de estilo románico. Su techo supera los doce metros de altura, con el fin de darle frescura a la gran nave de dos aguas que albergaría a numerosos comerciantes, que con el pasar de los años cambiarían la destinación inicial y lo convertirían en una amalgama de productos que, paradójicamente, en su interior no incluye la oferta de granos ya que los comerciantes de este género están en la parte exterior, junto a los vendedores de pájaros.
Está rodeado de un cordón de ventorrillos improvisados con palos, cartones, esteras, hojalata y cuanto material sirva para demarcar un espacio en el que se pueda expender cualquier cosa con tal de rebuscarse la vida.
Los caños cercanos generan una constante corriente de hedores producto de la basura y aguas servidas que se arrojan en ellos sin que ninguna autoridad haga algo por erradicar ese foco de contaminación e insalubridad.
Daniel Patiño, veterano vendedor de queso.
Abundan las ventas de zapatos y ropa de segunda y hasta de tercera mano; queso, suero y mantequilla criolla; sacos de fique y plástico; canastos, vasijas de barro, capotes de maíz para envolver bollos, esteras y petates para dormir; esterillas para sillones de burro, sillas de montar a caballo; mechones de hojalata, faroles de todo tipo; escobas, cepillos, chinchorros, hamacas, alpargatas, abarcas, instrumentos musicales típicos; utensilios de cocina, masajeadores, anafes, sombreros para todos los gustos; artesanías, cráneos y cuernos de venado y hasta culebras para usar en medicina tradicional y ‘trabajos especiales’.
Quienes allí laboran persisten en sus actividades a pesar del abandono del edificio, el cual se mantiene en pie quizás por la sólida construcción de antaño, porque su actual aspecto de desaseo deja mucho que pensar de quienes tienen a cargo su administración.
A ello se suma el mal estado del techo, repleto de goteras, y la falta de mantenimiento en general, que se refleja principalmente en las desconchadas paredes que hace muchos años imploran una mano de pintura.
A pesar de todo lo anterior y de la poca o mala conducta que en materia de aseo observan los que por allí transitan y trabajan hay muchas historias de vida en este centenario mercado que se niega a morir.

La pionera de las artesanías.
Habla con la paz y la tranquilidad que solo dan los años bien vividos y la satisfacción del deber cumplido. Su día comienza a las cinco de la mañana cuando despierta en su casa del barrio Boston y, mientras cuela un delicioso café, va haciendo mentalmente la lista de los productos que debe encargarles a los artesanos de todo el Caribe, que le proveen de artículos de primera calidad; algunos de ellos, los mismos que desde 1956 le fiaron parte del surtido cuando decidió, en contra de la opinión general, ser la primera en vender artesanías en el tradicional Mercado de Granos.
Doña Carmen Pereira Contreras, a sus 84 años, recuerda el día que llegó a Barranquilla, en el convulsionado año 1948, a los pocos días del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Vino con su madre y tres hermanos, buscando nuevos horizontes luego de que su padre los abandonara a su suerte. Se acomodaron en un pequeño cuarto que les arrendaron en el barrio Montes.
Doña Carmen nació en Barrancabermeja, pero siendo niña su familia se trasladó a Ovejas, Sucre, de donde eran sus padres. Tenía diecisiete años y como no había estudiado mayor cosa era difícil conseguir trabajo. Al poco tiempo se casó con Ramiro Franco, empleado del almacén Ley, que instaló en esta ciudad en el año 1922 don Luis Eduardo Yépez.
Con el tiempo, el espíritu emprendedor de doña Carmen la llevó a alquilar un pequeño espacio en el Mercado de Granos, adonde iba varias veces a la semana a hacer compras para su hogar.
Empecé con una mesita de un metro cuadrado, recuerda en medio del sofocante calor. Ahí ponía cositas pequeñas, sombreros, adornitos, pendejaditas.
Los demás comerciantes se reían, pero la mayoría de las personas se fijaban en mi puesto, y, así fuera por curiosidad, se acercaban. Ahí era donde yo aprovechaba. Vendía barato, atendía bien. Como eran artículos de bajo precio, se gastaban conmigo los últimos centavos que les quedaban después de comprar lo que necesitaban para comer”, remata con una sonrisa cálida mientras da instrucciones al empleado que está acomodando mercancías en un estante.
Vendiendo pendejaditas, como dice doña Carmen, fue ampliando su negocio hasta unir cuatro colmenas o locales, dos de cada lado del pasillo. Luego de jubilarse, su esposo se fue a trabajar allí hasta su muerte, en 1980. Desde entonces, esta tierna mujer, de cuerpo menudo, ojos grandes y expresivos, y un trato tan suave como la tenue brisa que alcanza a entrar a la calurosa nave del mercado, se ha mantenido firme en su diario quehacer de más de diez horas.
No de otra manera hubiera podido sacar adelante a sus cuatro hijos, tres de ellos profesionales universitarios, sin importarle haber enviudado cuando ellos aún eran adolescentes. No quiso volver a casarse. Su único compromiso es con su diaria labor, que la ha hecho famosa a nivel nacional e internacional por la calidad de los sombreros, mochilas, abarcas, adornos e infinidad de artesanías que expende a compradores que vienen recomendados de países tan distantes como Alemania, Rusia o España.

Los Zabaraín, 100 años curando con plantas.

Yo le consigo la culebra pero me tiene que garantizar que no es para hacer magia negra ni brujería ni porquerías de esas”. Esto se lo dice Leandro Zabaraín Jr. a un cliente que ha pedido que le consiga una serpiente de las llamadas ‘bejuquillo’.
Es que yo aprendí de mi padre que uno no debe trabajar para hacerle mal a nadie, afirma enfático recordando a su padre, don Leandro Zabaraín Charris, un cienaguero que se crió en la Sierra Nevada de Santa Marta con los indígenas koguis, de los cuales obtuvo los conocimientos ancestrales sobre las propiedades curativas de las plantas. Por eso es que este negocio lo hemos mantenido desde el mismo día en que se abrió el mercado, en 1913.
Amansaguapos, para moldear temperamentos rebeldes; arrayán y árnica, para los golpes; anamú, para las infecciones; altamisa, para regular la menstruación; gualanday, para la circulación, los riñones y la diabetes; fique, para el colon, y muchas plantas más, que sumadas al aceite de tiburón, la manteca de caimán, león, tigre y armadillo; el cebo de chivo, la piel de boa y de cascabel y el polvo de huesos del cráneo del venado hacen parte de la larga lista de medicamentos naturales que Zabaraín Jr. ofrece en la centenaria colmena que heredó de su padre a la muerte de este en 1984.
“Pero no solo recibí el negocio. Lo importante es lo que le aprendí desde mis siete años, cuando venía a ayudarle a ordenar los mazos de hierbas y los frascos con las preparaciones. Así fue como obtuve la fórmula del jarabe de totumo, que nadie, ni siquiera los laboratorios más grandes, han podido igualar, dice con orgullo ofreciendo una degustación de este extracto, que contiene, además de la pulpa del totumo, eucalipto, anís en grano y estrellado, flor de tilo, borraja, sauco, gualanday, caraña, hojas y flores de calaguala, anamú, bejuco de cadena, resbalamonos y tres plantas más que solo yo conozco y no puedo revelar porque me piratean, dice entre risas mientras se dispone a explicarles a unas señoras el manejo de la hierba amansaguapos, para domar a un niño rebelde al que han expulsado de cinco colegios y no lo quieren recibir en ningún otro.
Todos los días vienen supuestos brujos y brujas a pedirme cosas que no tienen nada que ver con la medicina natural, dice en tono molesto Leandro. Yo no hice ningún juramento hipocrático como los médicos de universidad, pero el respeto a la memoria de mi padre me mantiene firme en mis principios, los mismos que él aprendió de los indígenas en la Sierra: todo mal que hagas o ayudes a hacer se devolverá multiplicado en tu contra.
A Zabaraín también le preocupa el futuro del Mercado de Granos. “No es posible que este lugar, que se ha sostenido un siglo, esté como está. Deberían declararlo monumento nacional y restaurarlo. Todos los que estamos aquí somos gente honrada, trabajadora. Aquí nadie es rico. Escasamente sacamos lo del sustento, pero si la vaina sigue así nos va a tocar cerrar los negocios.
Ya es hora de que alguien nos pare bolas porque estamos cansados de implorar que nos mejoren las condiciones para poder seguir trabajando, concluye con un dejo de amargura e impotencia.

Canastos, mochilas y abarcas de película.
Todavía era un muchachito de pantalón corto cuando Willman Solano Romero comenzó su vida de emprendedor. A los once años se unió a sus hermanos Eduardo, Félix y Maruja para montar la verbena Los Papines de Cuba, famosa en los años setenta, en La Cordialidad, cerca al barrio El Bosque.
Ya para esa época aprovechaba el tiempo que le quedaba libre de sus deberes escolares para ayudar a su padre, Félix Solano, atendiendo el puesto de venta de ropa usada en la entrada norte del Mercado de Granos.
Así le fue cogiendo el gusto al comercio y aprendiendo los trucos necesarios para desenvolverse en el ambiente del regateo de precios, tanto para comprar como para vender, observando siempre los preceptos que don Félix le enseñó: Todo el que viene aquí es por la extrema necesidad.
Quien viene a vender ropa usada es porque está urgido…y el que viene a comprarla, está peor. De ninguno de los dos hay que aprovecharse.
Por eso cuando heredó el negocio le fue relativamente fácil sacarlo adelante ya que tenía clientela de ambos lados, vendedores y compradores. Pero no se conformó con ese único rubro. Al poco tiempo amplió su espacio y empezó a agregarle toda clase de artículos.
Así fue llenando la estantería con mochilas, utensilios de madera para cocina, cucharas de totumo, estropajos, adornos en miniatura, sombreros vueltiaos y de diversos materiales; tinajas, materas y alcancías de barro, anafes y, sobre todo, abarcas, que son las de mejor calidad que se pueden conseguir en Barranquilla, dice con legítimo orgullo.
Su mayor orgullo es haberle suministrado a Ernesto McCausland la mayoría de elementos típicos utilizados para la ambientación de la película Siniestro, dirigida por el extinto cineasta barranquillero. No lo podía creer cuando él vino aquí. Ya era muy famoso por su programa Mundo Costeño y cuando lo vi me pareció increíble que una persona como él bajara hasta el mercado a comprar, recuerda Willman con emoción.
Estuvo casi dos horas escogiendo canastos, mechones, esteras, abarcas, en fin, de todos esos artículos que necesitaba para su película. Quedó muy contento porque eran iguales a los que se usaban en los años cincuenta, que es la época en que ocurrió la tragedia sobre la que él escribió la historia.
Lo único que lamento es no haberme tomado una foto con Ernestico, pero cada vez que veo la película aburro a los que están conmigo porque no aguanto las ganas de gritar: ¡Hey, ese canasto se lo vendí yo a McCausland...…ese sombrero también!
Pero es inevitable que en medio de la alegría que le producen esos recuerdos asome un gesto de preocupación por el futuro del mercado, el escenario en el que ha transcurrido la mayor parte de su vida y de la mayoría de sus amigos y colegas, a quienes considera como su verdadera familia, con quienes comparte más de quince horas al día.
Nos salvamos de una cipote inundación hace varios años, pero del abandono quién sabe cómo vamos a hacer para salir a flote, si no hay manera de que la alcaldesa o algún funcionario le meta mano a nuestros problemas”.
Ojalá alguien le mande un salvavidas a este puñado de colombianos honestos y laboriosos que madrugan día a día a mantener vivo el Mercado de Granos, que espera iniciar su segunda centuria, no como un anciano decrépito sino remozado y fortalecido.

domingo, 14 de julio de 2013

El día que la Virgen del Carmen no hizo el milagro

Por Juan Carlos Rueda Gómez -
Especial para Revista Latitud de EL HERALDO



Integrantes del conjunto de los Hermanos Zuleta en 1977: Ovidio Granados, Tico Rojano, Jairo Negrete, Armando Hernández, Augusto Guerra, Alfredo Calderón y Rangel ‘El Maño’ Torres, Además, Juan Carlos Rueda, mánager y presentador; Poncho Zuleta, Emilianito Zuleta y Lenín Bueno, compositor.

Ese brioso y sabroso merengue vallenato, merengazo, más bien, como dicen los conocedores, titulado La Virgen del Carmen, de la autoría de Emiliano Zuleta Díaz, cantado por su hermano Tomás Alfonso y con los coros de Joe Arroyo, tiene una historia muy especial que pocos conocen, la cual viví, o más bien sufrí en cuerpo y alma.

Una cosa es oír esa primera estrofa que muestra la veneración que Emilianito ha tenido siempre por la santa patrona:

No hay cosa más bonita que sentirse uno con fe
y tener devoción por cualquier cosa en la vida,
por eso desde muy niño me he podido convencer
que la Virgen del Carmen es mi santa preferida...

Que luego, en la segunda, refleja el amor del acordeonista villanuevero por su madre, que por coincidencia, lleva el mismo nombre de la Virgen, y en realidad es lo más cercano a una santa de carne y hueso que he podido conocer:

Por eso es que Emilianito la tiene que venerar
si tiene un nombre bonito, el mismo de mi mamá,
oye linda virgencita, escúchame mis plegarias
te llevo en mi medallita como reliquia sagrada... 

Y otra es escuchar la tercera, donde se menciona el nombre de quien fue factor determinante para que Zuleta Díaz la compusiera:

Enrique Coronado nos ha mandado una carta
desde Barranquilla pa’ los hermanos Zuleta
el 16 de julio yo voy a hacerle una fiesta
pa’ que vean la Virgen en la sala de mi casa... 

Es que Euclides Enrique Coronado Aragón era un popular personaje de origen guajiro, radicado en Barranquilla, y sentía tanta veneración por la Virgen del Carmen, que patrocinaba todos los años una pomposa procesión por el tradicional, sobrio y tranquilo barrio El Prado.

Coronado tenía su mansión en cercanías a la Segunda Brigada del Ejército, y allí se celebraba una fenomenal fiesta con presencia de los más famosos conjuntos vallenatos de la época y a ella asistían personajes de la política, el gobierno y las altas esferas económicas del Caribe colombiano. Hacía rato que este fiel devoto de la Virgen había invitado a Poncho y Emiliano, sabedor de la veneración por la santa que profesaban todos los miembros de la familia Zuleta Díaz, desde la misma Vieja Sara Baquero, madre del Viejo Emiliano.

Carátula del disco "Tierra de Cantores" , de los Hermanos Zuletas,
 que contiene la canción "La virgen del Carmen"

Pero la historia de la canción no es tan simple como algunos la han contado. A finales de 1977, siendo mánager, presentador y relacionista público –esta última, actividad de la cual fui pionero en los conjuntos vallenatos– de los Hermanos Zuleta, firmé un contrato para actuar en Planeta Rica, Córdoba. Por esos días no dábamos abasto para atender todas las peticiones que generaba el gran éxito de El cóndor legendario, del compositor Alfonso Molina, primer tema en tono menor que grababan estos dos grandes músicos.

A esa población viajamos todos los integrantes del grupo, Poncho incluido, pero Emilianito nos dijo que haría una diligencia personal en Barranquilla y llegaría en horas de la tarde a cumplir el compromiso. Pasaron las horas y la euforia en el pueblo por ver a Los Ponchos, como les llaman en el departamento de Córdoba, crecía a la par de nuestra angustia porque Emilianito no llegaba. Yo me mantenía apostado en la oficina de Telecom llamando a todos mis conocidos en Barranquilla para tratar de ubicarlo, pero nadie me daba razón. Incluso, había indagado con la policía y en varios hospitales creyendo que había sufrido algún accidente.

La angustia también la sufría su entonces esposa, Deniris Arzuaga, quien tampoco sabía de su paradero. A eso de las ocho de la noche, Poncho me dijo que ordenara al grupo que saliéramos para la caseta, que con seguridad su hermano llegaría a la hora de tocar la primera tanda.

Fue necesaria la intervención de la policía para poder acceder al lugar ante la multitud que estaba a la entrada tratando de conseguir boletas. Cuando ingresamos ya estaba tocando una banda pelayera y la algarabía al vernos llegar fue estruendosa. Nos sentamos detrás de la tarima a contar los minutos y a hacer fuerza para que Emilianito llegara. A las nueve en punto, el empresario, que ya conocía la situación, se me acercó preocupado porque la noticia de la ausencia del acordeonista ya estaba circulando entre el público y había mucha gente disgustada.

Entonces le dije a Poncho: “No hay de otra. Emilianito ya no llegó. Se me ocurre que podemos llenar el vacío con Ovidio Granados, (técnico de acordeones del grupo) que al fin y al cabo se sabe todos los temas porque es quien le ayuda a crear los arreglos. A lo cual me respondió con una pregunta: ¿Tai loco, vé?,¿y quién va a tocá’ El cóndor legendario, no vei que es en tono menor y Ovidio no se lo sabe? Le contesté en un arranque de audacia: ¿Para qué crees que trajimos de ‘invitado’ a Lucho Campillo, Rey Sabanero del Acordeón? Este último, realmente acababa de regresar de México, donde residía desde varios años atrás, a Valledupar, y había aprovechado nuestro viaje para visitar a unos familiares en Planeta Rica y decidió acompañarnos a la caseta. Sin esperar respuesta, les hice señas a los muchachos del conjunto para que subieran a la tarima y llamé aparte a Ovidio y a Lucho. Les dije que estábamos en aprietos y en sus manos estaba la salvación. Ellos en verdad no estaban muy dispuestos pero se le midieron al reto a pesar del riesgo que implicaba.

Es que ya había un grupo de inconformes tirando botellas a la pista de baile y golpeando las mesas, exigiendo que subiéramos al escenario. A pesar de que la banda había alargado la tanda, ya pocas parejas estaban bailando. 

Le dije al director de la banda que cerrara su tanda y me subí a la tarima a ‘coger el toro por los cuernos’, con solo tres músicos de nuestro grupo, además de los dos acordeonistas, porque los demás estaban renuentes a subir. Le pedí a Lucho Campillo que empezara a “registrar” el acordeón en el micrófono con los acordes de El cóndor legendario y les grité a los demás compañeros: “Si no tocamos, nos matan a botellazos y banquetazos, nos masacran. Pongamos la cara como machos”.

Seguidamente tomé mi micrófono y me dirigí al público, que en su mayoría estaba, además de alicorado, contagiado de inconformismo porque se sentían burlados. Palabras más, palabras menos, recuerdo que les dije con la poquita voz que salía de mi garganta, reseca por el miedo, y temblando de pies a cabeza pero aparentando entereza y valor: “Señoras y señores, quiero transmitirles la angustia que nos embarga a Poncho y todos los integrantes del conjunto porque hace más de 15 horas que no tenemos noticias de Emilianito. No sabemos si está enfermo o si se accidentó en la carretera. Ni su esposa, Deniris, ni ningún miembro de su familia saben nada de él. Ni en la policía ni en los hospitales nos informan qué le pudo pasar, pero nosotros somos profesionales responsables, respetuosos de ustedes, que han pagado una boleta y no pueden ser engañados. Lo único que les garantizo es que les vamos a devolver con música y alegría cada peso que pagaron. Afortunadamente, hoy están con nosotros Ovidio Granados, quien ocupó el segundo lugar en el Primer Festival de la Leyenda Vallenata en 1968
–detrás de Alejo Durán– y Lucho Campillo, Rey Sabanero del Acordeón, bien conocido por ustedes, quien acaba de llegar de una exitosa gira por México”.
La mayoría de los asistentes escuchaban con atención y parecían aceptar mis argumentos, pero había un grupito, liderado por un gordo de ojos chispeantes, que seguía tirando botellas y lanzando imprecaciones, ante lo cual me jugué el todo por el todo.

—Lo único que les pido es que nos permitan tocar una sola canción, El cóndor legendario, con el acordeón de Lucho y la voz de Poncho. Si no les gusta, hagan con nosotros lo que les dé la gana, y ya veremos cómo nos defendemos, porque tampoco nos vamos a quedar con los brazos cruzados. Pero si les parece bien, aplaudan y salgan a bailar.

A todas estas, mientras yo retaba a la gente, Poncho y los músicos me decían desde atrás:
—Calláte, no joda, que nos van a esmigajá, no seas loco, calláte, veeee.

Como ninguno quería ponerse al frente de su instrumento, no tuve más que gritarles: —¿Qué?, ¿me van a dejar solo? …ya estamos en líos, toquemos, que es la única manera de calmar a esta gente.

De inmediato, Lucho Campillo ejecutó las primeras notas de la canción y Poncho empezó a cantar, con mayor potencia que nunca, El cóndor legendario. Como entre nubes y en cámara lenta, empecé a ver las primeras parejas que salían hacia la pista y escuché varios aplausos. A partir de ahí dejaron de lanzar botellas; y el gordito belicoso que lideraba la protesta se acercó sonriente a la tarima y me brindó un trago de aguardiente. Al ingerirlo, sentí que ese licor servía para bajar mis testículos a su puesto. Hasta entonces los tenía atorados en la garganta. De corbatín, como se dice popularmente. La noche transcurrió en medio de la alegría. Tocamos seis tandas y casi no nos dejan bajar del escenario. Al día siguiente nos enteramos de que Emilianito se había quedado parrandeando en Barranquilla con Enrique Coronado y un grupo numeroso de amigos, y durante la fiesta se emocionó y compuso la hoy tan famosa canción.

Pero fue tanto lo que le gustó a su anfitrión que no lo dejó partir a cumplir su compromiso. Y mientras él concebía el estribillo que dice:
Y así, soy un hombre sin preocupación
porque es la Virgen de mi devoción…

nosotros estábamos, más que preocupados, expuestos al linchamiento de un público enardecido. No hubiera habido Virgen del Carmen que nos salvara si no hubiesen estado Ovidio Granados y Lucho Campillo, dos grandes acordeonistas que le hicieron un gran marco musical a la portentosa voz de Poncho Zuleta, y a la larga, con todo respeto, también lograron el milagro que la Virgen del Carmen en ese momento no pudo hacer.