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martes, 15 de julio de 2014

JOE ARROYO y sus coros salsificados en La Virgen del Carmen y otros vallenatos - Incluye videos

Así lucía Joe Arroyo en 1978
Por: Juan Carlos Rueda Gómez
Crónica publicada en la Revista Latitud de El Heraldo en julio de 2012
Uno de los mejores álbumes en la historia de la música vallenata es Tierra de Cantores, por varias razones.  En primer lugar, casi todos los temas incluidos se convirtieron en grandes éxitos. Cómo si fuera poco, es quizá el único disco que contiene la primera versión de dos obras ganadoras del concurso de la Canción Inédita del Festival de la Leyenda Vallenata. Y no son de cualquier autor: La Profecía, de Julio Oñate Martínez, ganadora en 1977 y Río Badillo, ese inmortal himno al amor del inmolado Octavio Daza, triunfadora en 1978, año en que se grabó esta producción con la antigua compañía CBS, hoy Sony Music.
 Joe Arroyo con el autor de la crónica, en 1993
También incluye, además de la canción que le da título, de la autoría de Carlos Huertas, Dios no me deja, de Leandro Díaz,  El Gallo Fino, de Edilberto Daza, No me guardes Luto e Inmenso Amor, de Armando Zabaleta, La Querella, de Emiro Zuleta, Emma González, de Poncho Zuleta, e Isabel Martínez, que aparece con el crédito D.R.A. pero que es vox populi que la compuso Germán Serna, aunque muchos se la han adjudicado fraudulentamente.
Pero la canción de ese elepé que se ha vuelto un ícono popular es La Virgen del Carmen, preferida de los fieles de esta santa de la Iglesia Católica. Cada 16 de julio no hay emisora, picó, bus, caseta, cantina, corraleja, procesión o equipo de sonido casero en toda la Región Caribe, donde no suene a todo volumen.
Lo que muchos ignoran, incluidos muchos locutores y directores de emisoras de música vallenata, es el vínculo del Maestro Joe Arroyo con esta grabación, realizada a mediados de 1978 en los Estudios Ingesón, de la carrera 22 entre calles sexta y séptima de Bogotá. Estar vinculado a esa producción como manager y presentador del grupo de los Hermanos Zuleta, es uno de los mejores regalos que me ha dado la vida, por muchas cosas que sucedieron, algunas de las cuales no se pueden contar. 
Para esa época ya se estilaba que los coros no los grababan los coristas de base de los conjuntos sino que se invitaba a algún cantante exitoso, casi siempre Juan Piña o su hermano Carlos, el saxofonista, quien precisamente había aportado la primera voz en la anterior producción de los Hermanos Zuleta, El Cóndor Legendario. Poncho y Emilianito me ordenaron que llamara a alguno de los dos, que para entonces residían en Medellín y gozaban de gran popularidad con su orquesta La Revelación.
Pero no fue posible contar con ellos porque estaban de gira en Estados Unidos y no alcanzaban a llegar a tiempo para la grabación, por lo cual se me ocurrió, sin consultarles a ellos ni a los directivos de la disquera, llamar a Joe Arroyo, gracias a que Janeth Fuminaya, la esposa de Juan Piña me consiguió su número telefónico. Primero hablé con Adela, entonces esposa de Joe y al rato él me estaba llamando. Fue muy cordial y acordamos que se le pagarían veinte mil pesos, que serían sufragados por nosotros, además de la tarifa de la disquera, que para la época era de unos quinientos pesos por cada canal de voz o de instrumento que se grababa, lo cual sumaría cinco mil quinientos pesos por los once temas del disco para un total de veinticinco mil quinientos pesos, unos tres millones de hoy.
Le situé el tiquete en Medellín y esa misma noche Joe estaba en Bogotá. Su porte imponente, sus pintas coloridas, su caminar brioso y su afro perfectamente redondeado con el trinche que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón, despertaban curiosidad por donde pasaba, en la aún friolenta capital colombiana. La única habitación del Hotel Niágara, al que llamábamos “Hotel Salchiyuca” -porque todos los días servían lo mismo al desayuno en diferentes combinaciones-  donde estábamos alojados, que tenía una cama disponible era del maestro Armando Zabaleta, quien había viajado invitado por la disquera, al igual que Octavio Daza. Allí ubiqué a Joe pero después tuve que llevarlo a otra porque al maestro Zabaleta no le cuadraba mucho que el cantante llegara tan tarde, ya que después de las sesiones de grabación se iba de juerga con “El Pantera” García, el trombonista que había sido su compañero en la orquesta de Fruko y sus Tesos, y con otros músicos de la capital.
Cuando Poncho y Emilianito se enteraron de la presencia de Joe en Bogotá para grabar con nosotros, no ocultaron su disgusto, mejor dicho, me regañaron por esa arbitrariedad que yo había cometido. 
“¿Cómo se te ocurre llamar a ese hombre. Está bien que es cipote cantante pero de salsa, Juanka. Se te olvidó que lo que nosotros hacemos es vallenato… va lle na to: entendiste? Tú verás cómo haces pero ese tipo no va a grabar con nosotros, búscate otra primera voz”. Tuve que recurrir a los buenos oficios de José Sánchez, ingeniero de sonido, Armando Hernández y Jairo Negrete, coristas de base del conjunto y a otros compañeros para convencer a los hermanos Zuleta. Al fin lo aceptaron y el resultado lo conoce y lo disfruta hoy el público: ese sabor único y especial, inevitablemente impregnado de cadencias salseras, en perfecta armonía con la segunda voz de Armando Hernández, veterano ex integrante de Los Corraleros de Majagual. Al terminar, Poncho y Emiliano fueron los primeros en felicitar a Joe por el trabajo realizado y reconocieron que yo había acertado al llamarlo.
Ese coro de Río Badillo con las oes prologadas: “Si algún día peleamoooos por algún motivooooo”, o la síncopa presente en Isabel Martínez: “si te pregun…tan por la rutina, diles que esas son co…sasss de Chi…che Guerraaaaa” le dieron un toque singular a esa producción. Pero indudablemente el que más se cantará este fin de semana es el coro del merengue de Emilianito, La Virgen del Carmen: “Porque esa virgen divina para mi familia sí representa / el cariño más puro para mi mujer y pa’ toa mi raza”. Otro hecho curioso, que justifica el desconocimiento de este episodio por parte de la mayoría del público es que lamentablemente no pudimos poner su nombre en los créditos de la contra carátula, debido a que el contrato de exclusividad que lo ataba a Discos Fuentes no le permitía figurar en grabaciones de otras disqueras. Por ello solo aparecen Armando Hernández y Jairo Negrete. Yo, curiosamente, aparezco como Director Escénico, cargo que no existía ni existe en los conjuntos vallenatos.
De todas maneras, no es nada raro que Joe cantara bien el vallenato. A los 15 años, cuando aún se le conocía como Álvaro José Arroyo González, “El negrito del sabor”,  el maestro Rubén Darío Salcedo le dio su primera oportunidad cantando este género con su conjunto en Sincelejo, antes de ponerlo a cantar música tropical o salsa. Algo que la excesiva ficción y truculencia de la telenovela sobre su vida, impidió que se le contara al público televidente. Pero no es lo único que el maestro, hoy desaparecido, ha hecho acompañado de un acordeón. Hace algunos años grabó con Emilianito Zuleta el merengue Yo soy el Folklor, de la autoría de Luís Cujia, obra ganadora del concurso de la Canción Inédita en el festival de 1998 en Valledupar.
Estoy seguro de que miles de seguidores de Joe Arroyo van a prenderle una vela a la Virgen del Carmen, cantarán el merengue de los hermanos Zuleta  y le orarán por su eterno descanso. Gracias Maestro. Este es otro gran regalo que nos dejaste.


domingo, 14 de julio de 2013

El día que la Virgen del Carmen no hizo el milagro

Por Juan Carlos Rueda Gómez -
Especial para Revista Latitud de EL HERALDO



Integrantes del conjunto de los Hermanos Zuleta en 1977: Ovidio Granados, Tico Rojano, Jairo Negrete, Armando Hernández, Augusto Guerra, Alfredo Calderón y Rangel ‘El Maño’ Torres, Además, Juan Carlos Rueda, mánager y presentador; Poncho Zuleta, Emilianito Zuleta y Lenín Bueno, compositor.

Ese brioso y sabroso merengue vallenato, merengazo, más bien, como dicen los conocedores, titulado La Virgen del Carmen, de la autoría de Emiliano Zuleta Díaz, cantado por su hermano Tomás Alfonso y con los coros de Joe Arroyo, tiene una historia muy especial que pocos conocen, la cual viví, o más bien sufrí en cuerpo y alma.

Una cosa es oír esa primera estrofa que muestra la veneración que Emilianito ha tenido siempre por la santa patrona:

No hay cosa más bonita que sentirse uno con fe
y tener devoción por cualquier cosa en la vida,
por eso desde muy niño me he podido convencer
que la Virgen del Carmen es mi santa preferida...

Que luego, en la segunda, refleja el amor del acordeonista villanuevero por su madre, que por coincidencia, lleva el mismo nombre de la Virgen, y en realidad es lo más cercano a una santa de carne y hueso que he podido conocer:

Por eso es que Emilianito la tiene que venerar
si tiene un nombre bonito, el mismo de mi mamá,
oye linda virgencita, escúchame mis plegarias
te llevo en mi medallita como reliquia sagrada... 

Y otra es escuchar la tercera, donde se menciona el nombre de quien fue factor determinante para que Zuleta Díaz la compusiera:

Enrique Coronado nos ha mandado una carta
desde Barranquilla pa’ los hermanos Zuleta
el 16 de julio yo voy a hacerle una fiesta
pa’ que vean la Virgen en la sala de mi casa... 

Es que Euclides Enrique Coronado Aragón era un popular personaje de origen guajiro, radicado en Barranquilla, y sentía tanta veneración por la Virgen del Carmen, que patrocinaba todos los años una pomposa procesión por el tradicional, sobrio y tranquilo barrio El Prado.

Coronado tenía su mansión en cercanías a la Segunda Brigada del Ejército, y allí se celebraba una fenomenal fiesta con presencia de los más famosos conjuntos vallenatos de la época y a ella asistían personajes de la política, el gobierno y las altas esferas económicas del Caribe colombiano. Hacía rato que este fiel devoto de la Virgen había invitado a Poncho y Emiliano, sabedor de la veneración por la santa que profesaban todos los miembros de la familia Zuleta Díaz, desde la misma Vieja Sara Baquero, madre del Viejo Emiliano.

Carátula del disco "Tierra de Cantores" , de los Hermanos Zuletas,
 que contiene la canción "La virgen del Carmen"

Pero la historia de la canción no es tan simple como algunos la han contado. A finales de 1977, siendo mánager, presentador y relacionista público –esta última, actividad de la cual fui pionero en los conjuntos vallenatos– de los Hermanos Zuleta, firmé un contrato para actuar en Planeta Rica, Córdoba. Por esos días no dábamos abasto para atender todas las peticiones que generaba el gran éxito de El cóndor legendario, del compositor Alfonso Molina, primer tema en tono menor que grababan estos dos grandes músicos.

A esa población viajamos todos los integrantes del grupo, Poncho incluido, pero Emilianito nos dijo que haría una diligencia personal en Barranquilla y llegaría en horas de la tarde a cumplir el compromiso. Pasaron las horas y la euforia en el pueblo por ver a Los Ponchos, como les llaman en el departamento de Córdoba, crecía a la par de nuestra angustia porque Emilianito no llegaba. Yo me mantenía apostado en la oficina de Telecom llamando a todos mis conocidos en Barranquilla para tratar de ubicarlo, pero nadie me daba razón. Incluso, había indagado con la policía y en varios hospitales creyendo que había sufrido algún accidente.

La angustia también la sufría su entonces esposa, Deniris Arzuaga, quien tampoco sabía de su paradero. A eso de las ocho de la noche, Poncho me dijo que ordenara al grupo que saliéramos para la caseta, que con seguridad su hermano llegaría a la hora de tocar la primera tanda.

Fue necesaria la intervención de la policía para poder acceder al lugar ante la multitud que estaba a la entrada tratando de conseguir boletas. Cuando ingresamos ya estaba tocando una banda pelayera y la algarabía al vernos llegar fue estruendosa. Nos sentamos detrás de la tarima a contar los minutos y a hacer fuerza para que Emilianito llegara. A las nueve en punto, el empresario, que ya conocía la situación, se me acercó preocupado porque la noticia de la ausencia del acordeonista ya estaba circulando entre el público y había mucha gente disgustada.

Entonces le dije a Poncho: “No hay de otra. Emilianito ya no llegó. Se me ocurre que podemos llenar el vacío con Ovidio Granados, (técnico de acordeones del grupo) que al fin y al cabo se sabe todos los temas porque es quien le ayuda a crear los arreglos. A lo cual me respondió con una pregunta: ¿Tai loco, vé?,¿y quién va a tocá’ El cóndor legendario, no vei que es en tono menor y Ovidio no se lo sabe? Le contesté en un arranque de audacia: ¿Para qué crees que trajimos de ‘invitado’ a Lucho Campillo, Rey Sabanero del Acordeón? Este último, realmente acababa de regresar de México, donde residía desde varios años atrás, a Valledupar, y había aprovechado nuestro viaje para visitar a unos familiares en Planeta Rica y decidió acompañarnos a la caseta. Sin esperar respuesta, les hice señas a los muchachos del conjunto para que subieran a la tarima y llamé aparte a Ovidio y a Lucho. Les dije que estábamos en aprietos y en sus manos estaba la salvación. Ellos en verdad no estaban muy dispuestos pero se le midieron al reto a pesar del riesgo que implicaba.

Es que ya había un grupo de inconformes tirando botellas a la pista de baile y golpeando las mesas, exigiendo que subiéramos al escenario. A pesar de que la banda había alargado la tanda, ya pocas parejas estaban bailando. 

Le dije al director de la banda que cerrara su tanda y me subí a la tarima a ‘coger el toro por los cuernos’, con solo tres músicos de nuestro grupo, además de los dos acordeonistas, porque los demás estaban renuentes a subir. Le pedí a Lucho Campillo que empezara a “registrar” el acordeón en el micrófono con los acordes de El cóndor legendario y les grité a los demás compañeros: “Si no tocamos, nos matan a botellazos y banquetazos, nos masacran. Pongamos la cara como machos”.

Seguidamente tomé mi micrófono y me dirigí al público, que en su mayoría estaba, además de alicorado, contagiado de inconformismo porque se sentían burlados. Palabras más, palabras menos, recuerdo que les dije con la poquita voz que salía de mi garganta, reseca por el miedo, y temblando de pies a cabeza pero aparentando entereza y valor: “Señoras y señores, quiero transmitirles la angustia que nos embarga a Poncho y todos los integrantes del conjunto porque hace más de 15 horas que no tenemos noticias de Emilianito. No sabemos si está enfermo o si se accidentó en la carretera. Ni su esposa, Deniris, ni ningún miembro de su familia saben nada de él. Ni en la policía ni en los hospitales nos informan qué le pudo pasar, pero nosotros somos profesionales responsables, respetuosos de ustedes, que han pagado una boleta y no pueden ser engañados. Lo único que les garantizo es que les vamos a devolver con música y alegría cada peso que pagaron. Afortunadamente, hoy están con nosotros Ovidio Granados, quien ocupó el segundo lugar en el Primer Festival de la Leyenda Vallenata en 1968
–detrás de Alejo Durán– y Lucho Campillo, Rey Sabanero del Acordeón, bien conocido por ustedes, quien acaba de llegar de una exitosa gira por México”.
La mayoría de los asistentes escuchaban con atención y parecían aceptar mis argumentos, pero había un grupito, liderado por un gordo de ojos chispeantes, que seguía tirando botellas y lanzando imprecaciones, ante lo cual me jugué el todo por el todo.

—Lo único que les pido es que nos permitan tocar una sola canción, El cóndor legendario, con el acordeón de Lucho y la voz de Poncho. Si no les gusta, hagan con nosotros lo que les dé la gana, y ya veremos cómo nos defendemos, porque tampoco nos vamos a quedar con los brazos cruzados. Pero si les parece bien, aplaudan y salgan a bailar.

A todas estas, mientras yo retaba a la gente, Poncho y los músicos me decían desde atrás:
—Calláte, no joda, que nos van a esmigajá, no seas loco, calláte, veeee.

Como ninguno quería ponerse al frente de su instrumento, no tuve más que gritarles: —¿Qué?, ¿me van a dejar solo? …ya estamos en líos, toquemos, que es la única manera de calmar a esta gente.

De inmediato, Lucho Campillo ejecutó las primeras notas de la canción y Poncho empezó a cantar, con mayor potencia que nunca, El cóndor legendario. Como entre nubes y en cámara lenta, empecé a ver las primeras parejas que salían hacia la pista y escuché varios aplausos. A partir de ahí dejaron de lanzar botellas; y el gordito belicoso que lideraba la protesta se acercó sonriente a la tarima y me brindó un trago de aguardiente. Al ingerirlo, sentí que ese licor servía para bajar mis testículos a su puesto. Hasta entonces los tenía atorados en la garganta. De corbatín, como se dice popularmente. La noche transcurrió en medio de la alegría. Tocamos seis tandas y casi no nos dejan bajar del escenario. Al día siguiente nos enteramos de que Emilianito se había quedado parrandeando en Barranquilla con Enrique Coronado y un grupo numeroso de amigos, y durante la fiesta se emocionó y compuso la hoy tan famosa canción.

Pero fue tanto lo que le gustó a su anfitrión que no lo dejó partir a cumplir su compromiso. Y mientras él concebía el estribillo que dice:
Y así, soy un hombre sin preocupación
porque es la Virgen de mi devoción…

nosotros estábamos, más que preocupados, expuestos al linchamiento de un público enardecido. No hubiera habido Virgen del Carmen que nos salvara si no hubiesen estado Ovidio Granados y Lucho Campillo, dos grandes acordeonistas que le hicieron un gran marco musical a la portentosa voz de Poncho Zuleta, y a la larga, con todo respeto, también lograron el milagro que la Virgen del Carmen en ese momento no pudo hacer.